miércoles, 9 de agosto de 2017

La Renovación de la Identidad vasca en el siglo XIX

Tras la instauración del Régimen liberal por la reina Isabel II en 1834, la argumentación del Fuerismo vasco pretendía demostrar que el anterior régimen foral dentro del Estado liberal en nada se oponía a la unidad constitucional y que era un eficaz sistema de administración. Pero para dotarlo de mayor poder de convicción, los fueristas no tardaron en añadir otros argumentos. Por ejemplo, los diputados generales de las tres provincias, en una conferencia foral de noviembre de 1841, afirmaban:
"Los fueros son el modo de existir del país, son su vida social, sus hábitos, sus costumbres, su educación, sus afecciones predilectas, su impulso y movimiento preponderante, son la animación y el alma de estas montañas..."

Pedro de Egaña en una intervención en el Senado en junio de 1864 afirmó:
"Los fueros están encarnados en la sangre, en los hábitos, en las costumbres y hasta en la organización moral de todos aquellos naturales; organización sin la cual no pueden vivir."
En definitiva, el discurso de la defensa foral se convirtió en un discurso identitario, ya que presentaron los Fueros como un elemento intrínseco del pueblo vasco y expresión de su singularidad, de manera que si suprimían los Fueros se destruiría el pueblo, porque formaban parte esencial de su propia naturaleza.


VIDRIERA ALEGÓRICA DE LOS FUEROS DE VIZCAYA


Conjuntamente a la elaboración del argumento que convertía al Fuero en el "modo de ser" de los vascos, se actualizaron las clásicas tesis y tradicionales códigos que definieron la vasquidad desde comienzos del siglo XVI. Esos elementos definidores fueron:

1. la Foralidad: patrimonio inalienable transmitido a través de generaciones, depósito sagrado, garantía de bienestar y referente moral fuertemente interiorizado por el conjunto de la sociedad.

2. el Catolicismo: fe católica antiquísima y profunda, explicada a través del mito del primitivo Cristianismo vasco, que ocupaba todos los aspectos de la vida pública y que ejercía funciones de protección sobre los Fueros.

3. la Historia mitológica: historiografía legendaria formulada en torno a las tesis de la Modernidad pero actualizadas al momento. Estas fueron:
a. el vasco-iberismo: los vascones fueron los genuinos y últimos descendientes de los antiguos iberos.
b. el vasco-cantabrismo: los vascones fueron los cántabros que resistieron a la dominación romana.
c. la sucular independencia: el mito sobre la conservación intacta de las tradiciones originales y la pureza étnica.
d. la integración pactada con Castilla: la unión de las Provincias a la Monarquía fue una entrega voluntaria y condicional, un contrato bilateral, obligatorio a ambas partes.

4. la Cultura propia: la lengua eusquera es el último vestigio de la primitiva lengua de los iberos.

5. el Triple Patriotismo: el español, el vasco y las provinciales.

El discurso identitario de los fueristas del siglo XIX fue un discurso sobre la singularidad del pueblo vasco, una singular españolidad diferenciada del resto de la Monarquía, por diversos aspectos:
1. por su régimen foral, adaptado a las peculiares circunstancias naturales del país, garantizaba a la población un bienestar desconocido en otros territorios.
2. por su historia propia, independiente y soberana antes de la incorporación pactada a la Corona de Castilla y diferenciada del resto de la Monarquía.
3. por su fiel lealtad y esforzado servicio a la Corona, que hacía de los vascos los mejores súbditos entre todos los españoles, y por el pacto de agregación que obligaba a ésta a gobernar respetando los Fueros.
4. por su tejido social, idílico pueblo de montañeses, moderados en sus costumbres, trabajadores, amantes de sus instituciones y obedientes a sus autoridades, un pueblo de orden.
5. por su singular lengua, el vascuence.


A LA SALIDA DE MISA EN UNA ALDEA VASCA, POR JOSÉ ARRUE


Un pueblo tan singular que hasta fue considerado elegido por Dios. Así, el diputado a Cortes por Álava, Ramón Ortiz de Zárate, llegó a decir en 1858:
"El país vascongado es el único en el mundo que permanece siempre incólume entre el cúmulo de ruinas que cubren el universo. Bendito sea el Señor, una y mil veces bendito, por haber elegido pueblo tan reducido y pobre para ejemplo tan grandioso."

Pueblo, según el discurso fuerista, formado por los habitantes de los tres territorios vascongados, que constituían una unidad inmemorial. De nuevo Ortiz de Zárate escribió:
"Esta unión (vascongada) y esta concordia perdurables no tiene origen conocido, se pierde en los más remotos días de la historia y durará hasta la consumación de los siglos... La unión vascongada es hija de Dios."

Para ello, tuvieron que reescribir el pasado plural y escasamente vertebrado de tres territorios que habían funcionado políticamente durante siglos de forma independiente entre sí y construir un devenir histórico común y singular. Esta tarea fue emprendida por historiadores vascos que trabajaban como archiveros, juristas, periodistas, clérigos, etc; apoyados por historiadores españoles, franceses y de otras nacionalidades.

Las autoridades forales de los años 30 y 40 del siglo XIX comenzaron a utilizar un discurso político, haciendo énfasis en la idea de unidad mediante el uso recurrente de expresiones como país vascongadopaís vascopueblo vasco, e incluso nacionalidad vasca.

A la vez, actuaron como agentes transmisores que socializaron aquel código identitario:
1. a través de publicidad en su discurso ofrecido en la vida política estatal y provincial, por medio de noticias de prensa o de la publicación de folletos que se repartían en Madrid y en las Vascongadas.
2. a través de políticas de protección de patrimonio histórico-artístico, culturales, y editoriales.
3. a través de políticas conmemorativas, por ejemplo el aniversario del Convenio de Vergara, en 1840, escenificado en cada celebración de la idea del Irurac bat (las tres unidas).


SANTUARIO DE LOYOLA


A dar forma y contenido a este código de identidad vasca también contribuyeron otras fuerzas políticas como fueron los carlistas y los clérigos. El Movimiento carlista reforzó el componente religioso de la doctrina, entre sus defensores estaban muchos eclesiásticos. El más destacado carlista fue Vicente Manterola, canónigo magistral de la catedral de Vitoria entre 1866 y 1873, y diputado carlista a Cortes por Guipúzcoa en 1869.

La Iglesia difundió con sus sermones la idea de la profunda catolicidad de los vascos, pero también el valor del Fuero, o incluso de la lengua eusquera, y proporcionó santos y devociones religiosas de contenido vasquista. Aunque tan solo se tratasen de estrategias al servicio de la prédica católica, llevaban componentes intrínsecos para la definición identitaria. El santo más importantes fue san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y santo de singular devoción en Vizcaya y Guipúzcoa, elegido en 1868 compatrono de la diócesis de Vitoria junto a san Prudencio. Fue considerado como el euskaldunem aita, es decir, "el padre de los euskaldunes", como afirmaba un poema dedica a su persona en El Semanario Católico Vasco-Navarro publicado el 31 de julio de 1868 y además, según el carlistas Arístides de Artiñano, era "el único santo que habla vascuence".

También los medios culturales (literatos, editoriales y artísticos) ayudaron a la definición de la identidad vascongada decimonónica, que divulgaron un discurso similar al de las élites políticas, aunque con matices diferentes, como la mayor importancia a la lengua eusquera, y lo hicieron con el objetivo expreso de desvelar las señas de identidad cultural de los vascos.

viernes, 4 de agosto de 2017

Vascos y navarros en la Historia de España, por Jaime Ignacio del Burgo




Vascos y navarros en la Historia de España
Jaime Ignacio del Burgo, Laocoonte, Pamplona, 2007, 374 páginas.

Vascos y navarros en la historia de España es un magnífico ejemplo de cómo al nacionalismo se le combate no ya desde la verdad, sino desde el rigor intelectual. No hace falta más para mostrar la realidad que obsesiona al nacionalismo vasco, y como el pasado está repleto de documentos que lo prueban, nada mejor que dejar a los historiadores profundizar en ello.

El resultado es este libro es heterogéneo pero con una solidez académica de fondo que demuestra que la historia de vascos y navarros sólo puede entenderse en relación con la del resto de españoles. Así lo afirma José María Aznar en el prólogo:
"Vascos y navarros están en la historia de España, y son ellos mismos historia de España."

Este libro, editado por Laocoonte y coordinado por Jaime Ignacio del Burgoreúne a un brillante grupo de historiadores.

José Andrés-Gallego proporciona la desmitificación necesaria del pueblo vascón, de sus comportamientos y actitudes; muestra la existencia de sentimientos de pertenencia diversos a lo largo de la historia, compartidos, superpuestos, variables. En su texto, el profesor Andrés-Gallego reivindica ante todo la complejidad tanto de los hechos como de la interpretación de los mismos. Complejidad que el nacionalismo reduce a unas pocas proclamas ideológicas que niegan cualquier legitimidad distinta de la que hacen suya.

Francisco Javier Navarro y Ángel Martín-Duque recorren la historia antigua de vascos y navarros para llegar a la conclusión de que no eran distintos, para lo bueno y para lo malo, de sus vecinos, y para resaltar que los vínculos mitológicos entre ambos pertenecen a la historia-ficción.

Alfredo Floristán, Juan B. Amores, Agustín González Enciso, Joaquín Salcedo y Rafael Torres Sánchez analizan la presencia de unos y otros en la Corte madrileña de las dinastía de los Austrias y de los Borbón, así como de su acceso a las estructura de poder del Nuevo Mundo. Una presencia habitual gracias al interés de todos su intervinientes, y repetida en otras regiones de España.

Miguel Alonso Baquer hace referencia de la aportación histórica de los militares vascos y navarros, repleta de figuras de primera magnitud que lucharon bajo la bandera española por la defensa de la nación y por sostener una misión histórica.

Javier Fortún Pérez de Ciriza aborda la relación de la iglesia navarra con la española a lo largo de casi dos milenios.

José Manuel Azcona y Carlos Mata se ocupan de la literatura navarra. Azcona repasa las lecturas navarras de Sabino Arana y muestra que, como en el caso de la filosofía, no hay tontería que no haya afirmado algún navarro en uno y otro momento; ni aberración histórica, cultural o racial que Sabino Arana dejara fuera de sus escritos. Eso sí, existió y existe una literatura que aportó algo más que los mitos y obsesiones que interesaron al fundador del PNV.

Jaime Ignacio del Burgo, brillante historiador, aporta el texto de mayor calado político, a propósito del Carlismo, y desmota dos mitos:

El primer mito se basa en la falsa creencia de que el Carlismo fue el antecesor del Nacionalismo vasco. Según Del Burgo, es un fenómeno ligado a la sucesión dinástica y, a través de ella, al destino de la nación española. Lo cierto es que los carlistas vascos y navarros lucharon, como otros, por España, o por una determinada idea de España y cualquier otra interpretación al margen de la realidad española parece fuera de lugar.
"La sangre de miles de voluntarios carlistas fue derramada por la causa de una España fiel a sus principios católicos, y fiel a la dinastía representante de dichos principios, la encabezada por Carlos V, y continuada por sus legítimos herederos."
"Los voluntarios carlistas acudieron a la llamada de su rey para sostener sus derechos al trono frente a la usurpación del mismo y defender los principios de legitimidad." (página 315)
En 2008, en tiempos de tormenta constitucional, el historiador recuerda la clave sobre la que se asienta el Amejoramiento del Fuero navarro de 1982: la Ley Paccionada de 1841.
"Se negoció por una diputación representativa de Navarra, aunque hubiera sido elegida al margen de las viejas instituciones. Era fruto de la nueva legitimidad surgida de la legalidad revolucionaria." (página 313)
Su origen se remite a dos realidades opuestas en los extremos pero que, como suele ocurrir en la historia, se mezclan, dando lugar a corrientes y acontecimientos históricos que perduran: la nostalgia del reino perdido y el incipiente Liberalismo.
"La Diputación de Navarra, en manos de los liberales triunfantes en la guerra civil, concurrió a Madrid y negoció la perdida de la condición de reino a cambio de una amplísima autonomía fundamentalmente administrativa." (página 317)
La Ley Paccionada de 1841 une la tradición navarra con las ideas constitucionales. Sin ella no puede entenderse el encaje constitucional y liberal del Fuero de 1982, tal y como explica Del Burgo.

Los vascos herederos de San Ignacio de Loyola, y los navarros herederos de San Francisco Javier, sólo supieron luchar por España, sólo supieron morir por la libertad tradicional española encarnada en sus fueros, y sólo supieron soñar con un futuro, el de la salvación cristiana.

El segundo mito combate es la falsedad de que el Carlismo fue un antecedente del terrorismo etarra. Nada tiene que ver la industria del crimen terrorista con los levantamientos temporalmente limitados, y sometidos a la autoridad católica, de los carlistas vascos o navarros.

En definitiva, esta obra aporta una buena cantidad de conocimiento de historia de España y sirve de antídoto eficaz contra el Nacionalismo vasco, integrista en Euskadi y anexionista en Navarra. 


ÍNDICE:

Prólogo de José María Aznar

Presentación de Jaime Ignacio del Burgo

I. Vascos y navarros en la Historia de España: algunas claves interpretativas; por José Andrés-Gallego

II. Las Raíces de la Antigüedad; por Francisco Javier Navarro

III. En torno a la identidad socio-cultural de los navarros en la Edad Media; por Ángel Martín Duque

IV. Navarra y la Iglesia español; por Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza

V. Vascos y navarros en la Monarquía española del siglo XVI; por Alfredo Floristán

VI. Vascos y navarros en América; por Juan B. Amores Carredano

VII. El protagonismo económico de los navarros en la España del Siglo XVIII; por Agustín Gonzaléz Enciso

VIII. Representación política y presencia navarra en Madrid. La Navarra institucional en la Corte; por Joaquín Salcedo Izu

IX. Emigrantes y financieros navarros en la Corte madrileña; por Rafael Torres Sánchez

X. Presencia vasca en la milicia española; por Miguel Alonso Baquer

XI. Presencia navarra en la milicia española; por Miguel Alonso Baquer

XII. Vascos y navarros en la lucha por la legitimidad española: las Guerras Carlistas; por Jaime Ignacio del Burgo

XIII. Los pensadores navarros del siglo XIX y Sabino Arana; por José Manuel Azcona

XIV. La aportación de Navarra a la literatura española; por Carlos Mata

lunes, 31 de julio de 2017

Juan Antón de Astigarribia

Marino y mercader esclavista del siglo XVI




Nacido en Motrico en la primera mitad del siglo XVI. Juan Antón de Astigarribia se dedicó al comercio y al transporte marítimo de productos entre las áreas atlántica y mediterránea en la época de la gran expansión económica de la Corona española. Comerciaba con manufacturas de hierro vasco, frutos secos, pescado en salmuera, cereales e incluso esclavos negros.

Seguía los itinerarios usuales de muchos marinos de la época, para muchos de los vascos dedicados al transporte y el comercio: desde las costas del norte de Europa hasta casi el fondo del Mediterráneo, atracando en Inglaterra, Flandes, los Países Bajos, Francia, España, Portugal, Italia y Grecia. 

Navegaba en una nao gruesa de 300 toneladas denominada La Trinidad, con la que efectuó muchos viajes y "ganó muchas sumas e cuantías de ducados", una verdadera fortuna para la época.

Fue un hombre decidido y firme en el mantenimiento de la disciplina de la tripulación. No dudó en abandonar a su suerte a su paisano y escribano de la tripulación, Martín de Arexmendi, en una prisión lejos de su tierra, desafiando todas las consecuencias de acciones como éstas.

El historiador José Antonio Azpiazu Elorza estudió la vida de Juan Antón de Astigarribia, un mercader de Mutrico en el tráfico de esclavos en el Mediterráneo en libro con el título Esclavos y traficantes. Historias ocultas del País Vasco.

jueves, 27 de julio de 2017

Rasgos personales de Blas de Lezo




A lo largo de su carrera el teniente general de la Armada española Blas de Lezo demostró siempre una gran disponibilidad para ejercer las tareas encomendadas y un entusiasmo por su profesión que le valieron para obtener un destino muy codiciado, como era el mando de la Escuadra de Cartagena de Indias, y asumir la defensa de aquellas costas. Su prudencia y experiencia le llevaron a revisar y mejorar las defensas de la ciudad desde su llegada, en marzo de 1737. El 18 de marzo de 1740 escribió al rey de España para informarle de las necesidades y problemas que tenía la ciudad:
"Si vuestra Majestad no se digna a dar prontas providencias para el reparo y seguridad de estos dominios… sucederá a esta ciudad lo mismo que se ha experimentado en Portobello… sin que con los navíos que tengo me halle en estado de llamar ni divertir a los enemigos ni impedir sus operaciones."

Una de sus cualidades era hacer partícipes a los demás de sus ideales y creencias. Así, cuando partió de Cádiz en la última flota hacia Tierra Firme el 3 de febrero de 1737, junto a Pedro Fidalgo, gobernador y capitán general de la plaza y provincia de Cartagena de Indias, también iban embarcados aproximadamente 170 polizones de los 63 se incorporaron al Batallón Fijo. Blas de Lezo les inculcó el orgullo de pertenecer a un conjunto de hombres valientes que defendían el honor de un país. Su talento para distribuir las tareas según las capacidades y su acierto en delegar cometidos lograron que estos hombres orgullosos de su nueva condición militar se entregaran plenamente a la defensa de la plaza que les había dado una nueva vida.

Hombre de gran iniciativa, Blas de Lezo fundó a su llegada a Cartagena de Indias junto a Pedro Fidalgo la Compañía de Armadores de la ciudad para combatir el comercio clandestino extranjero que se estaba efectuando en las costas. Defendiendo como siempre los intereses de España, estableció como condición en el decreto que aprobaba el Reglamento que los oficiales que practicaran el corso debían de cumplir la condición "de ser vasallos de Su Majestad". Esta fidelidad al rey guió siempre su comportamiento como hombres de armas.

Pero sin duda, donde afloraron los rasgos más concluyentes de la personalidad de Blas de Lezo fue cuando se vio involucrado en situaciones extremas; sin duda la más intensa fue la que vivió en la defensa de Cartagena de Indias. España realizó esta defensa contra "la escuadra mas numerosa y fuerte que vieron jamás aquellos mares, una maravillosa selba flotante de buques, arboles, entenas y jarcias… que amenazaba con terror y espanto".




Fue un excelente líder, ejemplo y motivación para los oficiales y la tropa de marina, les animaba a resistir y les arengaba para conseguir la victoria. Prueba de ellos fue su discurso enérgico y sentido que hizo a las tripulaciones de los navíos Dragón y Conquistador cuando se enteró de que pretendían abandonar sus barcos en cuanto avistaron a la Armada inglesa entrando en la bahía interior.
"Llamé toda la gente arriba a quienes hice mi oración y oida por ello respondieron unánimes y conformes,… y que estaban prontos á cumplir con su obligación."

Hombre valiente, nunca se acobardó y estuvo dispuesto al combate con sus barcos, por lo que le pareció inconcebible la resolución del virrey de hundir los navíos Dragón y Conquistador. Pensó que se trataba de un error no ofrecer resistencia al acceso del enemigo a la bahía interior de Cartagena de Indias y prescindir de unos navíos que podían tener utilidad más adelante. Y así lo anotó en su diario:
"Don Sebastián de Eslava ha conseguido la ruina de estos navíos tirando a la Marina, de que se ha declarado enemigo capital y de los más opuestos a ella."

Si bien su actitud ante sus superiores fue siempre de lealtad, cooperación y compromiso, siempre expuso sus opiniones de manera franca y constructiva:
"… asegurarle que por nuestra parte no habría dificultad y que para esto no tenía el Rey y eramos vasallos, y que si todo sé havia de sacrificar lo haríamos con gusto…"


miércoles, 19 de julio de 2017

Pedro Aingo de Ezpeleta

Historiador teólogo, arbitrista, economista de principios del XVII


Nacido en Tudela en 1595, Pedro Aingo de Ezpeleta estudió en la Universidad de Valladolid. Llegó a ocupar los cargos de profesor de teología y filosofía en el colegio Pinciano y de canónigo de la iglesia de Astorga.

Fue autor de dos obras: Fundación de la Santa Iglesia Catedral de Astorga; Vida, predicación y martirio de su primer obispo San Efrén, discípulo del apóstol Santiago, Madrid, 1634; y Resoluciones prácticas, morales y doctrinales de dudas ocasionadas de la baja de la moneda de vellón en los reinos de Castilla y de León, Madrid, 1654.

Aunque se mostraba arbitrista, en gran parte fue partidario de la teoría cuantitativa en materia monetaria, pronunciada por el también navarro Martín de Azpilcueta. Por eso estudió las cuestiones económicas derivadas de la llegada del oro y la plata americanos y de la depreciación de la moneda bajo Felipe IV.




viernes, 14 de julio de 2017

La historiografía legendaria de vascofranceses

Algunos títulos de recientes publicaciones en Francia llegan al esoterismo o la ciencia ficción en cuanto al origen e historia de los vascos y vascones se refiere. Títulos como El misterio de los vascosEl enigma vascoOrigen misterioso del pueblo vascoHistoria secreta del País Vasco, etc., obras que aparecen en las colecciones de esoterismo al lado de los temas de los druidas, de los templarios, de los cátaros, de los rosacruz, etc.

El origen está en que tras el nacimiento de la Mitomanía vascohispanófila en el siglo XVI, apareció la colaboración interesada de algunos legitimistas agramonteses navarros y suletinos del siglo XII. Arnaud Oihenart de Mauleon, P. Moret y otros escritores vascofranceses comenzaron a impugnar el alineamiento hispano-beamontés de Navarra desde 1512.


MAPA HISTÓRICO DEL PAÍS VASCO FRANCÉS


Este vasquismo pre-paleolítico fue defendido también por abates del siglo XVIII y XIX. Así, Philippe Veyrin calificó este periodo de "edad teológica de la vascofilia". El abate Diharce de Bidassouet aseguró, por ejemplo, en su tratado sobre historia y lingüística vasca Histoire des Cantabres que el vascuence era la lengua del Creador. El título largo de este tratado publicado en París en 1825 lo dice todo: Historia de los cántabros o de los primeros colonos de toda Europa, con la de los bascos, sus descendientes directos que existen todavía, y su lengua asiática basca, traducción y reducción a los principios de la lengua francesa.

Otro abate, Perocheguy, afirmó que el eusquera era el idioma originario anterior a la Torre de Babel, y a parecida conclusión ya había llegado en Guipúzcoa el jesuita Manuel de Larramendi

El más concluyente fue un tercer abate, Dominique Lahetjuzan, cura de Sare, que presumía del curioso título de nobleza de ser "salvaje de origen". En su obra Essai de quelques notes sur la langue basque par un Vicaire de Capmpagne sauvage d´origine, publicada en Bayona en 1808, opinaba que el vascuence era la lengua originaria de la Humanidad y prueba de la divinidad del libro sagrado, cuyos primeros protagonistas (Adán, Eva, Caín y Abel) eran de origen vasco. Concluyó con esta frase rotunda: “El vasco es una lengua original: la divinidad del Génesis lo demuestra, como viceversa: la originalidad del vasco prueba la divinidad del Génesis”.

Y por ese camino, sin ironía alguna, llegaron a decir que el nombre Eva viene de "ez-bai", cuya pronunciación es fonéticamente "e-ba", y cuyo significado es "si-no" en euskara, porque "era natural de Adán, en medio de su alegría, diera a su mujer un nombre que perpetuase el recuerdo de su privación y de su goce”.

Su argumento consistirá en la reivindicación de una Vasconia unitaria dividida en dos áreas, citerior o íberopirenaica (bajonavarra) y ulterior o aquitanocantábrica (gascona y bizcaína), sin solución de continuidad etnolinguística entre ambas: la primera, territorio vascón originario, y la segunda, área vasconizada entre los siglos V y VI.


DANZAS VASCAS (MUSÉE BASQUE ET DE L´HISTOIRE DE BAYONNE)


En el trasfondo de esta interpretación se esconde ya la idea de una gran Navarra euskaldún, concebida desde la fidelidad y mentalidad francófila de algunos de sus defensores como una suerte de protectorado ibérico o marca hispánica occidental al servicio del Reino de Francia.

En la Francia del siglo XIX, donde todos lo fueros habían desaparecido en la Revolución de 1789, la necesidad de literatura exótica llevó a un descubrimiento de las regiones rurales donde se conservaban aún lenguas y culturas diferentes de las oficiales. El País Vasco fue una de las zonas privilegiadas por esta moda y ello explica el relativo éxito de las obras del contrarrevolucionario suletino Joseph Augustin Chaho y de la mucho más rigurosa del medievalista Francisque Xavier Michel, catedrático en Burdeos, que publicó en 1857 Le Pays Basque, sa population, sa langue, ses moeurs, sa littérature et sa musique.

En el año 1900, el abad francés J. Espagnolle publicó su libro titulado L´Origen des Basques (El origen de los vascos) en el que afirmara con total convicción que los vascos provenían del pueblo judío. A fin de que su teoría tuviera consistencia, el lector debía aceptar en primer lugar que el pueblo de la antigua Esparta era judío. Para abonar esta afirmación Espagnolle citó a un historiador de la antigua Gracia que escribió: "El amor al dinero es una característica de los espartanos". Por si fuera prueba suficiente, también sostuvo que en Esparta, como en Judea, escaseaban los artesanos.

Muchos curas vascos ha habido hasta los siglos XIX e incluso principios del XX que han seguido manteniendo que el vascuence era la lengua que se hablaba en el paraíso. En fecha tan reciente como 1910, el presbítero José García Oregui y Aramburu publicó un panfleto titulado: En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, Amén. Gloriosísimo Descubrimiento, Reconocimiento y Demostración de la Lengua Paradisíaca en el Vascuence.


HENDAYA DESDE FUENTERRABÍA, POR DANIEL VAZQUEZ DÍAZ


Todas estas entusiastas fantasías introspectivas tienen una cierta lógica. Cuando estos abates del País Vasco francés, allá por el siglo XVIII, buscaban la grandeza y supremacía de lo suyo en lo más remoto, no pueden encontrarlas en los datos históricos, prehistóricos y científicos, y menos todavía en un idioma que carecía de literatura. Tuvieron que ir más allá de los pueblos conocidos, tienen que buscar los orígenes en la misma entraña de la tierra, en la aparición del hombre como culminación de la Creación. Ahí nos encontramos ya con el Nearderthal, del cual han aparecido algunos restos en el Paleolítico vasco, en la cueva de Isturiz, restos como los que aparecieron también en Bañolas, en Gibraltar, y tal vez antes en Orce y en Atapuerca. Estos quasihumanos, y con más seguridad los cromañones que vivieron miles de años después, tendrían unas características, digamos raciales, genéticas, craneales… parecidas, y hablarían a base de sonidos más o menos onomatopéyica.

El eminente explorador africanista y antropólogo inglés Henri Stanley escribió con suave ironía pero con clara burla sobre esta idea generalizada entre los vascos acerca de su especial origen:
"En muchos aspectos, como la lengua, el vestir, las costumbres, la superstición o la idea favorable que tienen de sí mismos, los vascos se parecen bastante, en mi opinión, a los galeses. Cada vascongado, al igual que cada galés, es descendiente de un rey o de un noble de alto rango. Adán fue el primero que habló vasco, si bien los hay que afirman que lo que habló fue galés. Noé habló vasco. Los diez mandamientos de ha dicho que fueron escritos en vasco."

 SAINT JEAN PIED DE PORT

lunes, 10 de julio de 2017

Reconquista por tierras andaluzas siglo XIV


En el siglo XIV, el rey navarro Felipe III, de la dinastía Évreux, estuvo muy deseoso de contribuir a la Reconquista con una expedición militar conjunta con Castilla y Aragón para tomar el Reino musulmán de Granada. Pero, finalmente, esta intención se malogró en 1331 al firmar el rey castellano Alfonso XI una serie de treguas con el rey nazarí.

Felipe III tenía un gran espíritu belicoso-religioso, precisamente en ese mismo año de 1331 llegó a Aviñón (Francia) para formalizar con el papa una expedición militar a Tierra Santa junto a los reyes de Aragón y Bohemia (Chequia). Sin embargo, esta cruzada tampoco se materializó.




SELLO DE FELIPE III DE NAVARRA


Aunque la Reconquista había terminado de forma teórica para el Reino de Navarra después de la gloriosa participación de Sancho VII el Fuerte en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, la participación de las Provincias vascongadas fue incluso superior.

Esta colaboración fue debida al progreso de los vascos en su relación con el sur peninsular y al fortalecimiento de la vinculación al Reino de Castilla y León. Para los marinos vascos, las costas andaluzas se estaban convirtiendo en estratégicas bases de las expediciones ultramarinas. Tomaron en consideración que para tener el control de rutas comerciales atlánticas y mediterráneas era necesario finalizar la reconquista total de la península, y por tanto, la liquidación del Reino de Granada, empresa en la que los marineros vascos pusieron todo su empeño y lealtad al Reino de Castilla.

Los marinos vascongados que participaban en estas expediciones y asedios no eran profesionales, y alternaban las profesiones de transporte, comercio y pesca con las propiamente bélicas. Tanto barcos como tripulaciones podían incorporarse a las flotas reales o servir de forma autónoma mediante el corso. La integración en tales actividades se hacía a través de solidaridades de sangre y vecindad, que constituían una especie de compañías entorno a sus jefes naturales.




BATALLA DEL SALADO


Juan Núñez de Lara, señor de Vizcaya, que había participado en los sitios de Antequera, Ronda y Gibraltar, formaría de nuevo la vanguardia del ejército castellano del rey Alfonso XI al mando de la caballería y los concejos andaluces en otro decisiva hecho de armas, la batalla del Salado (Cádiz) en 1340. Juan Núñez de Lara estaba casado con María Díaz II de Haro, procedente de una importante familia castellana

Esta batalla, en la que participaron un buen número de naturales del Señorío, fue vital el avance de las huestes cristianas en el objetivo de arrebatar a los musulmanes su último reducto, el Reino de Granada. El ala izquierda del ejército estaba formado por tropas asturianas, leonesas, vizcaínas, guipuzcoanas y alavesas a las órdenes del señor leonés Pero Núñez de Guzmán.

Asimismo, la infantería guipuzcoana fue mandada por el también guipuzcoano Amador de Lazcano, cuya participación fue tan sobresaliente que Alfonso XI le nombró gobernador de Cazorla (Jaén). Finalmente, en la famosa Crónica de Alfonso XI consta de versos tan laureada participación:
"Leoneses, asturianos, gallegos, portugueses,vizcaínos, guipuzcoanos y de la montaña y alaveses,cada unos bien lidiaban que siempre será hazaña y la mejoría daban al muy noble rey de España."
Alfonso XI recompensó los esfuerzos  realizados por Juan Núñez de Lara y sus huestes "gentes de a pie de las montañas de Vizcaya, de Guipúzcoa y de Álava" en esta batalla aprobando el Cuaderno foral de Vizcaya de 1342. Muchos de ellos hablaban tanto en castellano como en euskera.

A todos estos combatientes, el jurisconsulto Gutiérrez, citado por Larramendi, fueron llamados: 
"Cántabros y bascongados, caballeros, hijosdalgo desde ab initio, recuperadores de España y nobles de sangre." 


ASEDIO DE ALGECIRAS


Dos años después, el Reino de Castilla efectuaba el asedio de Algeciras (Cádiz), que duró de 1342 a 1344, con la intención de controlar el peligroso estrecho de Gibraltar, por el que navegaban las invasiones provenientes de Marruecos. Los guipuzcoanos tuvieron una importante participación en este asedio, no sólo por el bloqueo marítimo al puerto desde el estrecho mediante embarcaciones, sino también con tropas de infantería.

El rey Alfonso XI concedió a San Sebastián distintas mercedes y privilegios en una Real Cédula de 1345, donde escribió en referencia:
"Al tiempo que Nos teníamos cercada la nuestra ciudad de Algeciras por el gran menester en la guarda de la mar, que nos vinisteis á servir con naos."
También el rey navarro Felipe III tomó parte en el asedio a la ciudad andaluza, no sólo procurando dinero y pertrechos para el sitio, que se llevaron a los puertos de Guipúzcoa, sino también presentándose personalmente, en 1343 en el campamento de Alfonso XI. Desgraciadamente, dos meses después el bravo rey navarro moría en dicho asedio víctima de una grave enfermedad.