lunes, 16 de octubre de 2017

Participación vasca y navarra en la Guerra de Civil de Castilla


La Guerra Civil de Castilla fue la que enfrentó al rey legítimo Pedro I el Cruel (o el Justiciero) contra las pretensiones de su hermano bastardo, Enrique de Trastámara. Este último conspiró con sus otros hermanos contra su hermano rey desde aproximadamente la fecha de 1352.

En aquellos años, el rey de Navarra era Carlos II el Malo, nacido en la villa de Évreux, en el noreste de Francia. Carlos II apoyó fundamentalmente a Pedro I el Cruel. Por eso, los puertos guipuzcoanos de Fuenterrabía y Oyarzun, por mandato de Pedro I, en el año 1365, fueron puestos a disposición del rey navarro Carlos II con el fin de apoyarle en la guerra civil. Además, la propia Navarra debía servir de territorio de paso para las tropas inglesas que, desde la Gascuña, fueron enviadas a Castilla. Por tanto, Navarra y los puertos vascos jugaban en apoyo de la Castilla de Pedro I el Cruel un papel de vital importancia.

De esta forma, al año siguiente, en 1366, se firmó en Libourne, suroeste de Francia, un importante tratado entre Pedro I de Castilla, Carlos II de Navarra, y el príncipe de Gales, Eduardo de Woodstock, hijo del rey inglés Eduardo III. En dicho tratado de Libourne, Navarra e Inglaterra se comprometían a asegurar el trono de Castilla a Pedro I, y a cambio Navarra recibía los territorios de Guipúzcoa, Álava y parte de La Rioja, mientras los ingleses recibían entero nada menos que el Señoríos de Vizcaya. Pero, sabedores los vascos de dicho tratado, montaron en cólera y decidieron apoyar desde entonces al candidato rival, Enrique de Trastámara.


BATALLA DE NÁJERA EN 1367


Tras vencer el rey Pedro I de Castilla a los aliados del Trastámara en 1367, consecuentemente a lo pactado, Carlos II el Malo invadió al año siguiente las tierras de Álava, Guipúzcoa y parte de La Rioja. De hecho, para realizar tan invasión el rey recaudó por toda Navarra los abundantes dineros que para ello se necesitaban y recibió el apoyo completo de la población navarra. Además, en la entrada de Guipúzcoa hubo un número considerable de señores guipuzcoanos que reconocieron como "señor natural" a Carlos II. 

Sin embargo, después de realizar la ocupación, el rey navarro tuvo que dedicar considerables esfuerzos para mantener estas tierras vascas bajo su dominio, ya sea pagando a los merinos, que gobernaban en nombre del rey estas tierras, como sosteniendo tropas que mantuvieran el orden y la sujeción. Y, además de estas ayudas, consta que fue vital en esta invasión el apoyo decisivo que los oñacinos le dieron al rey navarro.

En las terribles guerras de banderizos que asolaban las tierras vascas, más o menos se llegaron a delimitar con claridad dos bandos enfrentados. Por una parte, los partidarios de la familia de Oñaz, oriunda de Guipúzcoa, llamados oñacinos, y los partidarios de la familia de Gamboa, oriunda de Álava, y que formaba a los gamboínos.

El cronista principal de estas guerras de clanes fue Lope García de Salazar, el cual en Las Bienandanzas y Fortunas narró con detalles todas estas interminables luchas entre oñacinos y gamboínos por espacio de cientos de años. Salazar cuenta que en la localidad guipuzcoana de Usúrbil se enfrentaron un día a muerte ambos bandos, con la desgracia de que el señor principal de los Oñaz cayó muerto de su caballo por el impacto de un flechazo en la cabeza. Y, a partir de entonces, las guerras entre ambos clanes continuaron prácticamente sin solución de continuidad. Otra explicación que dio Salazar sobre el origen de estas luchas es la más simple, primitiva y humana: la envidia, la soberbia y la ambición de poder para decidir y marcar "cuál valía más". Salazar calificaba a estos banderizos como "hombres muy soberbios", que muchas veces peleaban simplemente por pelear, y que carecían del más elemental amor o consideración ya sea a los habitantes como las tierras, puesto que les daba igual encharcarlas de sangre y caos durante años sin fin.


EXPANSIÓN TERRITORIAL DE LOS REINOS HISPÁNICOS EN 1360

lunes, 9 de octubre de 2017

Martín de Redín y Cruzat


Maestre de campo en Cataluña y en Navarra, gran prior de Navarra y virrey de Sicilia a mediados del siglo XVII


MARTÍN DE REDÍN


Natural de Pamplona, donde nació el año 1579 en el palacio familiar que actualmente es el nº 37 de la calle Mayor de Pamplona, dedicado a conservatorio de música. Fue hermano de
Tiburcio de Redín y Cruzat e hijo de Carlos de Redín e Isabel de Cruzat.

Durante su permanencia en Pamplona realizó las obras de construcción y fortificación de sus murallas en la zona norte próximas a la catedral, en la zona que se conoce con el nombre del El Redín. Fue maestre de campo de Navarra y Cataluña.

Nombrado gran prior de Navarra en 1641, las Cortes de este reino lo designaron miembro de su Diputación permanente.


MARTÍN DE REDÍN


Se le designó virrey de Sicilia en 1656. Fue elegido gran maestre de la Orden de Malta, a pesar de la oposición del inquisidor de Malta, a favor del Partido francés, además de prior de la Orden de caballeros de San Juan.

Dirigió la Orden de Malta desde el 17 de agosto de 1657 hasta el 6 de febrero de 1660. Durante su breve mandato, la isla se benefició considerablemente, ya que creó un cuerpo de 4000 mosqueteros y ordenó la construcción de 13 torres de vigilancia. También acometió la fortificación de la isla, pagando a su costa los soldados que atendían los fuertes. Por su conexión con el Virreinato de Sicilia, obtuvo víveres y alimentos para alimentar a los malteses, que tenían necesidad en esa época.


BALUARTE DE REDÍN EN PAMPLONA

lunes, 2 de octubre de 2017

Combate de Cabañas por Carlos de Ibarra


En 1638, durante el transcurso de la Guerra de los Treinta años, una gran flota holandesa se presentó en aguas del mar Caribe con la intención de capturar los galeones de la Carrera de Indias cargados de metales preciosos y productos americanos con destino a la península.

Aquel año, la Flota de Tierra Firme que partía desde Cartagena de Indias estaba dirigida por Carlos de Ibarra, un experimentado marino de Eibar que dirigía armadas españolas desde 1616. Era un aventajado subordinado de Fadrique de Toledo que atesoraba en su haber varios éxitos navales, su logro más reciente fue conquistar y limpiar el nido de piratas que era la isla Tortuga en el mar Caribe. Su segundo o almirante era Pedro de Ursua


COMBATE ENTRE GALEONES ESPAÑOLES Y HOLANDESES


En el 30 de agosto y el 3 de septiembre tuvo lugar el combate de Cabañas en aguas caribeñas de una zona conocida como Pan de Cabañas (cerca de La Habana) entre la flota naval y mercante de Carlos de Ibarra y una armada holandesa al mando de Cornelis Joll "Patapalo". Se trataba de una flota de 17 buques cosarios proveniente de los Países Bajos con la intención de capturar el valioso contenido de los transportes españoles. Habían zarpado desde sus bases en la costa brasileña, recién conquistadas, con bastión principal en la estación naval de Pernambuco. 

La flota de Carlos de Ibarra estaba compuesta por un siete galeones de combate (algo escasos de gente y de armamento) y un patache, a los que se añadieron la almiranta de Honduras, la urca mercante La Portuguesa y tres fragatas mercantes. Fue sorprendida por una escuadra que la doblaba en número de navíos de guerra, pero lejos de pensar en claudicar, Ibarra ordenó preparase ante un eminente ataque: ordenó levantar protecciones con cables gruesos en las bandas, preparar curas para atender a los heridos, tener lista la pólvora en cartuchos y disponer de cubos de agua por doquier, pero tales precauciones se tomaron contra una fuerza enemiga estimada, todo lo más, en nueve buques. Dada la importancia de mantener a salvo la carga, ordenó a sus buques de guerra que protegieran a los débiles mercantes formando una línea frente a ellos.

La capitana holandesa de 54 pieza de artillería se lanzó junto con otras tres más contra la capitana de Ibarra para intentar el abordaje. Este, siguiendo la mejor y tradicional táctica española, esperó retener el fuego hasta estar pegada a la capitana holandesa, para sorpresa enemiga, lanzar una andanada de artillería reforzada por el fuego de mosquetes y arcabuces. 

Cuando la nave holandesa de Joll chocaba con la de Ibarra, el almirante español gritó abrir fuego. La intensa lluvia de bolas metálicas de los cañones y otros tantos arcabuces disparados en varias descargas sobre los sorprendidos atacantes barrió las cubiertas. Resultó tan letal la embestida española, que decidieron separarse para tratar de batir a los españoles a distancia.

En la refriega Ibarra sufrió heridas en cara, brazo y piernas, y su buque fue acribillado también, donde se encontraban otros 25 muertos y el doble de heridos. La nave almiranta de Pedro Ursúa se enfrentó a su homólogo holandés, sufriendo varios muertos. Con menos intensidad también lucharon entre sí el resto de los buques de ambas escuadras. Tras seis horas de duro cañoneo entre ambas armadas, los holandeses se retiraron, pues sus buques habían sufrido graves daños y sus tripulaciones habían sido diezmadas.


COMBATE DE CABAÑAS


El 3 de Septiembre los holandeses volvían a la carga, en esta ocasión con solo 13 buques de los 17 iniciales contra los 8 galeones españoles, una urca y un patache, limitándose al cañoneo a media distancia. Sabedor de que esta estrategia le permitía aprovechar su ingente número de piezas de artillería y la mayor preparación de sus hombres, el almirante Joll se dedicó durante horas a disparar cañonazos sobre sus enemigos y, especialmente, sobre el bajel de Ibarra.

Pero en esta ocasión, la vanguardia de la defensa española estuvo liderado por el galeón Carmen de Sancho Urdanivia, que fue separado de la formación principal por el viento y cañoneado por varios enemigos.

Con todo, y tras un intenso combate los holandeses se dieron por vencidos y abandonaron definitivamente la contienda. Los españoles lamentaron otros 54 muertos y unos 200 heridos, la mayoría pertenecientes al buque de Urdanivia. Mayores aún fueron las pérdidas holandesas, entre los que se encontraban el vicealmirante Abraham Rosendal, el contralmirante Jan Mast, o el comandante Jan Verdist, aparte de otros jefes y comandantes.


CUBIERTA DEL GALEÓN CARMEN DE SANCHO DE URDANIVIA


Eran considerables las pérdidas y daños sufridos en los buques españoles. Además, el día 5, se sumaron a la flota holandesa nuevos refuerzo, hasta llegar a 24 naves. Finalmente, la flota que dirigía Carlos de Ibarra decidió marchar rumbo a Veracruz y salvar los convoyes mercantes.

Aún en retirada, la flota holandesa siendo superior perdió la ambición de un tercer ataque, ante ante lo cual Ibarra desafíó al enemigo, deteniendo su escuadra para esperarles y hasta iluminando su barco de noche para indicar su posición. A los holandeses no se les volvió a ver más, su derrota ante un enemigo tan numéricamente inferior sembró la consternación.

Para Ibarra, resistir fue vencer, y finalmente, la flota española pudo llegar a Veracruz (México) el 22 de septiembre. En julio de 1639, esta flota llegaba a Cádiz, su destino final, cargado con las mercancías acumuladas durante años.

lunes, 25 de septiembre de 2017

El Alfabeto primitivo de Juan Bautista Erro


El escritor guipuzcoano Juan Bautista Erro y Azpiroz fue uno de los agitadores de la cultura vasca en las primeras décadas del siglo XIX. Había nacido en Andoain, en 1773, perteneciente a una familia notable y bien posicionada, hizo estudios en la Real Sociedad Económica Bascongada de Amigos del País.

Trabajó como antropólogo y ocupó diversos cargos en la administración española durante el reinado de Fernando VII. De fuertes convicciones absolutistas, sufrió varios destierros por los liberales. Y, tras la llamada del pretendiente al trono Carlos V, fue nombrado ministro universal del Partido Carlista en 1836. Más tarde, residió algunos años en Guipúzcoa, consagrado al estudio del vascuence. 


JUAN BAUTISTA ERRO


Fue continuador de los trabajos sobre filología vasca de Pablo Pedro Astarloa y de Juan Antonio Zamácola, quienes, a su muerte, legaron sus papeles, obras literarias y manuscritos a Erro. También fue colaborador entre otros del abate Duvoisin.

En 1806, publicó en Madrid su Alfabeto de la lengua primitiva de España. En ella aseguraba que el eusquera es la lengua más antigua del mundo, habiendo sido creada por Dios como la lengua del Paraíso de Adán, conservada en la Torre de Babel, sobrevivido al Diluvio gracias a que Noé la hablaba y llevada por su nieto Túbal al País Vasco. Sostuvo que el alfabeto ibérico fue debido a los vascos y con gran facilidad se dedicó a transcribir toda escritura supuestamente ibérica. La obra fue sin embargo traducida al inglés por George W. Erving y publicada en Boston, en 1829, y al francés por Eloi Johanneau.

José Antonio Conde atacó los disparates metodológicos e históricos contenidos en el Alfabeto de la lengua primitiva, y también se añadió el cura de Montuenga.

Para responder a estas críticas, Erro publicó un año más tarde, en 1807, la obra Observaciones filosóficas en favor del Alfabeto primitivo.

Por último, en 1815, publicó también en Madrid su principal obra El mundo primitivo o examen filosófico de la antigüedad y cultura de la nación bascongada, en 1815. 

La Diputación de Guipúzcoa, reunida en Villafranca en 1823, declaró a Erro "hijo benemérito de Guipúzcoa por sus inmortales obras, acerca del euskara", autorizándole a añadir el escudo de Guipúzcoa al escudo de armas de su linaje.


EL MUNDO PRIMITIVO, POR JUAN BAUTISTA ERRO

viernes, 22 de septiembre de 2017

Francisco Diaz Pimienta

Almirante de la Flota Real, constructor naval, caballero de Santiago y marques de Villareal


FRANCISCO DIAZ PIMIENTA


Natural de Portugalete u Orduña, Vizcaya, donde nació en 1624. En la villa de Portugalete adquirió los conocimientos navales que le pudieron transmitir sus abuelos y otros capitanes y maestros portugalujos de su tiempo. Por sus conocimientos navales fue requerido en ocasiones por el Consulado de Bilbao para examinar a los pilotos que querían obtener el título de Piloto Mayor de la barra. Fue alcalde de la villa en 1651.

En su carrera militar llego a alcanzar el grado de almirante, pero donde adquirió reconocido prestigio fue como constructor y renovador del arte naval militar.

Al igual que el almirante Martin de Vallecilla, vecino de su ciudad natal, dirigió el astillero real de Zorroza, que absorbió durante muchos años la casi totalidad de la obra de naves de guerra, galeones, correos y avisos de Indias, quedando los restantes astilleros para navíos comerciales.

También ocupo la Superintendencia de fábricas, plantíos y arqueamiento de navíos del Señorío de Vizcaya, que antes había ocupado su abuelo materno, por el que tuvo que intervenir en la industria y agricultura vizcaína, sobre todo en lo que el mejor conocía como era la fabricación de buques y la política de repoblación forestal, actividades relacionadas y en las que influyo notoriamente en su progreso.

Su ciencia naval quedó patente en un informe titulado Medidas y fortificaciones que el general Francisco Díaz Pimienta le parece deben tener los galeones que el capitán Agustín de Baraona se obligaba a fabricar y entregar en el puerto de Cartagena de Indias a quien su majestad mandar. Esta obra describe detenidamente las distintas partes del galeón y sus medidas correctas, para que sean más eficaces en el combate, pensando tanto en la artillería del buque como en la infantería que tenía que pelear sobre la cubierta.



GALEÓN ESPAÑOL DEL SIGLO XVII

lunes, 18 de septiembre de 2017

Batalla de las Navas de Tolosa


La Batalla de Las Navas de Tolosa, datada el 16 de julio de 1212, fue una de las más decisivas de la Reconquista. Permitió extender los reinos cristianos, principalmente el de Castilla, hacia el sur de la península Ibérica, entonces dominado por musulmanes, y frenar la invasión del Ejército almohade. La contienda tuvo lugar cerca de la población jiennense de Las Navas de Tolosa.

Fue el resultado de la Cruzada organizada en España por el rey Alfonso VIII de Castilla, el cronista navarro y arzobispo de Toledo Rodrigo Ximénez de Rada y el papa Inocencio III contra los musulmanes que dominaban Al-Ándalus desde mediados del siglo XII.

Las tropas castellanas estaban lideradas por Alfonso VIII, encabezadas por el señor de Vizcaya Diego II López de Haro, y formadas por 20 milicias municipales, a las que hay que sumar las tropas de los reyes Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal, y varias órdenes militares.

Varias obras reflejaron el momento decisivo de la batalla, cuando Sancho VII se enfrentaba a la temida Guardia Negra de los almohades que luchaban atados con grilletes al suelo. En este óleo de Marceliano Santa María aparece el gran rey navarro a caballo, superando las cadenas de la guardia formada por esclavos negros africanos que protegían el palenque del sultán Miramamolín (Muhammad An-Nasir). Esta embestida supuso la puesta en huida del Ejército almohade y la consecuente victoria de la hueste hispánica cristiana.




Este tapiz elaborado por Vicente Pascual en 1950 fue llamado Sancho el Fuerte o Cadenas. Está basado en el diseño preliminar realizado por Ramón Stolz en óleo sobre lienzo. En la actualidad se encuentra en el Palacio de las Cortes de Navarra.


jueves, 14 de septiembre de 2017

El vasco que salvó al Imperio español, por José Manuel Rodríguez




El vasco que salvó al Imperio español. El almirante Blas de Lezo
José Manuel Rodríguez, Editorial Áltera (2008), 270 págs.,


El Imperio en el que no se ponía el Sol fue obra de todos los españoles, de todas las regiones y de todas las clases sociales. Los vascos estuvieron presentes en América con la espada, el timón, el púlpito y el legajo. Desde virreyes a frailes y desde comerciantes a marineros.

Uno de estos vascos al servicio de España fue Blas de Lezo. En 1741 se enfrentó a una armada inglesa que quería conquistar Cartagena de Indias y desde esa plaza hacerse con toda la América española. El almirante Blas de Lezo luchó y venció en una batalla impresionante que, sobre el papel, tenía perdida.

El vasco que salvó al Imperio español cuenta la vida de este héroe que fue enterrado en el olvido no por los ingleses, sino por los propios españoles. Después de la novela El día que España derrotó a Inglaterra, Ediciones Áltera publica esta biografía sobre un personaje que en otros países más amables con sus compatriotas sería un modelo.

El autor, José Manuel Rodríguez, no se limita a narrar la vida del almirante y la batalla. Su libro describe de una forma extraordinariamente amena el nacimiento del Imperio español de las Indias y su funcionamiento, tanto militar como económico. Así se comprende toda la labor de conquista y colonización de un inmenso continente hecha por España.


Índice:

Prólogo

I. España y América en el siglo XVIII
II. Los orígenes de Blas de Lezo
III. La guerra de Sucesión a la Corona de España
IV. Destino: las Indias
V. Blas de Lezo en el mar del Sur
VI. Operaciones navales en el Mediterráneo
VII. Las consecuencias del Tratado de Utrecht
VIII. La política del gobierno británico
IX. Cartagena de Indias y sus fortificaciones
X. El almirante Lezo en Cartagena de Indias
XI. Preparativos de guerra
XII. Las primeras operaciones navales
XIII. Los ingleses sorprenden y capturan Portobelo
XIV. La guerra durante 1740
XV. El reclutamiento de los color norteamericanos
XVI. Los planes del almirante Vernon
XVII. El espionaje español: el paisano de Jamaica
XVIII. El ataque inglés contra Boca Chica
XIX. Las medallas de Vernon
XX. Desastre angloamericano en el cerro de la Popa
XXI. Los últimos combates
XXII. Consecuencias de la batalla
XXIII. Los protagonistas británicos: Vernon y Washington
XXIV. Los vencedores: el virrey Eslava y el almirante Blas de Lezo

Conclusión

Biografía

lunes, 11 de septiembre de 2017

Sancho IV Garcés el de Peñalén

Fue rey de Navarra aliado de Sancho I de Aragón en la Guerra de los Tres Sanchos


SANCHO IV GARCÉS


Sancho IV Garcés nació en 1039. Apodado el de Peñalén y el Noble, fue rey de Pamplona entre 1054 y 1076.

Hijo y sucesor de García III Sánchez de Pamplona y de Estefanía de Foix, fue proclamado rey a la muerte de su padre en la batalla de Atapuerca a la edad de catorce años. Hasta los dieciocho fue guiado por su madre, que moría unos años más tarde, en 1058.

Los primeros pasos del joven rey Sancho IV fue la conclusión de las obras del monasterio de Santa María la Real de Nájera, en cuyo panteón fue enterrado su padre un año antes de consagrase la iglesia en 1056 por el arzobispo de Narbona. En 106, Sancho IV se casaba con Placencia de Normandía.

Los primeros años del reinado de Sancho IV se caracterizaron por una relativa paz entre Pamplona y Castilla, especialmente tras establecer en 1062 un acuerdo con su tío Fernando y con los nobles sobre las fronteras de ambos reinos. Progresivamente, las villas de la Castilla controlada anteriormente por García pasaban a soberanía de Fernando: Ubierna, Urbel y la Piedra en 1056, Valpuesta en 1057, buena parte de la Bureba en 1058, que incluían Herrera, Oña y Poza de la Sal. Sólo Pancorbo se mantuvo fiel a Pamplona hasta 1061, gracias a la voluntad de su señor Sancho Fortuñón.

Estos acuerdos de 1062 sobre las tenencias de Castilla quedaron patentes en un documento que contiene una donación a los monjes de Leyre. Sancho les agradecía a los monjes: "Porque rogaron por mí a Dios en las tribulaciones que tuve con los señores de mi tierra." Tal acuerdo fue posible dentro de su complejidad, pues las tenencias fronterizas en Castilla fueron una cuestión de lealtad política.

Aliado con su tío Ramiro I de Aragón, se dedicó a presionar la taifa de Zaragoza para obtener la sumisión y el cobro de parias a Al-Muqtadir, quien a su vez intentaba enfrentar a Sancho IV con el hijo de Ramiro, que había sucedido a su padre en el 1063.

Sancho IV tuvo que soportar varios conflictos por las tierras de Castilla, aún en poder del Reino de Navarra, por lo cual se veía obligado a mantener permanentemente las fronteras bien aseguradas.

Las pretensiones territoriales de Sancho II el Fuerte de Castilla provocaron la llamada Guerra de los Tres Sanchos (en 1067. Fue un conflicto que enfrentó a los tres reyes Sancho IV de Navarra, Sancho I de Aragón y Sancho II de Castilla. Los tres eran primos y nietos del rey navarro Sancho III Garcés el Mayor.

A principios de 1067, el Ejército de Sancho II entraba en el reino taifa de Zaragoza, vasallo de Castilla. Esta acción motivo una alianza política y militar entre Sancho IV de Navarra y Sancho Ramírez de Aragón. Sancho II de Castilla invadió ese mismo año el territorio navarro, tomando zonas más allá del río Ebro y penetrando en La Rioja; para ello contó con la ayuda de Rodrigo Díaz de Vivar, que ganó entonces su apodo de El Cid Campeador, al sostener un combate con un noble aragonés.

Aunque al principio las escaramuzas entre uno y otro bando parecían decantarse del lado del rey castellano, finalmente, en agosto de 1067, los ejércitos navarro-aragoneses se enfrentaron al de Sancho II en el Campo de Valdegón, cerca de Viana, en la llamada batalla de Viana, tras la cual los castellanos tuvieron que retroceder de nuevo hasta el río Ebro.


SEPULCRO DE SANCHO IV EL DE PEÑALÉN


Sancho IV fue asesinado en Peñalén, término perteneciente a Funes, víctima de una conjura política urdida por sus hermanos, cuando se distraía en una cacería. Su hermano Ramón le precipitó al vacío desde un barranco, el 4 de junio de 1076. Su muerte originó la invasión de Navarra por Alfonso VI de Castilla y León, que ocupó La Rioja, y por Sancho Ramírez de Aragón, que fue proclamado rey de Navarra.

Contrajo matrimonio después de 1068 con Placencia de Normandía con quien tuvo dos hijos:

García era el heredero de su padre y rey titular de Pamplona, pero fue desplazado por Sancho I de Aragón, que se repartió el solar navarro con el reino de Castilla, apoyado por la nobleza navarra que no quiso un rey niño.

Sancho tuvo con una amante llamada Jimena con dos hijos ilegítimos:
Raimundo Sánchez, señor de Esquíroz, y Urraca Sánchez, con su educación puesta al cuidado del abad de Larrasoáin.