jueves, 30 de junio de 2016

Identidad socio-cultural de Navarra en la Edad Media


Las señas constantes, claramente perceptibles y trascendentes, en la evolución de la sociedad medieval navarra se pueden resumir en estas tres características: Hispanidad, Foralidad y Pactismo.


ESCUDO DE NAVARRA


1. HISPANIDAD

Conciencia bimilenaria de los navarros de hallarse inscritos dentro de Hispania o España, entendida esta no solo como territorio geográfico, sino sobre todo, como una trama socio-cultural interiormente muy variada y compleja pero claramente identificable en su conjunto dentro del gran ámbito de civilización originariamente helénico-romana, pero pronto y de modo europeo-occidental Cristiana.

La Hispanidad es la conciencia bimilenaria de los navarros de hallarse inscritos dentro de Hispania o España, entendida esta no solo como territorio geográfico, sino sobre todo, como un círculo de cohesión socio-cultural, dentro de la civilización común resultante de la simbiosis de helenidad, romanidad, cristianismo y germanidad.

Está patente en un rotundo y variado caudal de expresiones políticas, jurídicas, sociales, eclesiásticas y culturales, y está constante en los sucesivos testimonios foráneos y muestras autóctonas historiográficas, que desde el siglo X hasta la crónica del Príncipe de Viana en el XV, interpretan esa hispanidad originaria y esencial de los grupos humanos que construyeron la monarquía medieval navarra.

Se manifiesta la hispanidad navarra en las formas de expresión escrita, es decir, el latín y su variante local, el romance navarro; como también se manifiesta en el propio modelo de escritura, las fórmulas de cómputo del tiempo, la liturgia religiosa, los resortes del gobierno, el sedimento jurídico, el léxico institucional tan fluido y variopinto en sus referencias a las estructuras sociales.


MAPA DE NAVARRA Y ENTIDADES HISPÁNICAS COLINDANTES

2. PACTISMO

Actitud política acorde con las reducidas dimensiones del espacio propiamente navarro, una especie de predisposición tradicional de las minorías dirigentes al reiterado concierto con las cercanas y sucesivas formaciones de poder público más pujantes, sin mengua, en todo caso, de las propias singularidades.

El Pactismo es la sucesión del contrato histórico predeterminadamente originario. Actitud política por la cual las minorías rectoras de la Navarra primigenia “vasconia”, y más tarde “pamplonesa”,  habían establecido una cierta propensión al diálogo y al acuerdo con las sucesivas instancias de poder público superior.

Así lo acreditan unos datos y hechos, que verifican que ante Roma y ante la monarquía hispano-goda se dio una especie de sumisión negociada. Mayor fue, posteriormente, la subordinación ante el Islam, que se tradujo en una capitulación y en un compromiso formal de lealtad política frente a eventuales enemigos y el pago de un tributo anual que no se produjo.

Algunos historiadores sostienen que el jefe hispano-godo de Pamplona, Íñigo Arista, tuvo que pactar con los invasores musulmanes antes del 718 su sumisión a la nueva autoridad a cambio de que se le respetara como jefe de ese distrito. Pero, a falta de pruebas, dicha rendición con condiciones, jamás se hubiese sido constitutivo de comunidad política alguna.

La vigencia de este régimen de protectorado o principado tributario, tan habitual en los confines fronterizos de los dominios musulmanes, se mantuvo durante dos siglos, periodo alternado de paz y hostilidad. Los pamploneses pudieron romper definitivamente con este régimen gracias a la eficaz cooperación astur-leonesa.

La élite aristocrática pamplonesa debió de pactar la exaltación de un primer monarca Sancho Garcés I, mediante el cual realizar un proyecto político caracterizado por la continua pugna para liberar España del Islam. El Reino de Pamplona planteó las continuas campañas de defensa y reconquista en pacto y acuerdo con el Reino de León.

Aunque las dos principales monarquía hispano-cristianas peninsulares tuvieron sus roces puntuales, se reforzó un hermanamiento mediante sucesivas uniones conyugales entre los miembros de su realeza. Estos nexos dinásticos culminaron con el soberano pamplonés Sancho III el Mayor, hijo de Jimena de Castilla y cuyo hijo sería el rey de Castilla y León.

En diferentes circunstancias, tanto Sancho Ramírez como García Ramírez suscribieron su vinculación feudo-vasallática al poderoso soberano de Castilla y León, de alguna manera, su pariente “mayor”. Este sucesivo vasallaje hacia el soberano castellano-leonés, permitió a las fuerzas sociales navarras más activas, participar en las tareas de reconquista y repoblación de los reinos castellano-leonés y aragonés, en las tierras ganadas a los musulmanes.

El estatuto o pautas de relación jurídica entre el señor o dueño de la tierra y sus campesinos dependientes o siervos, en los siglos XI y XII, se denominaba en Navarra pactum, es decir, pacto o convenio.


ALZAMIENTO SOBRE EL PAVÉS DEL PRIMER REY DE NAVARRA


A la muerte de Sancho VII el Fuerte sin sucesión directa, el reino de Navarra vuelve a su tradicional predisposición al pacto. En Navarra es donde antes se desarrolló la concepción pactista de los Reinos hispánicos cristianos.

La aristocracia político-militar, los barones y los caballeros, llegaron a un pacto, junto con la alta burguesía o nueva aristocracia de poder económico establecida en las grandes villas o “burgos” navarros, para aceptar en 1234 al conde de Champaña, Teobaldo I, sobrino de Sancho VII, como sucesor de la corona navarra.

A cambio, como requisito, el nuevo rey aceptaría los principios del pacto originario que garantizaban el poder monárquico, es decir, jurar previamente unas pautas de gobierno concretos que salvaguardaran los usos y prerrogativas de los súbditos, en especial, de las fuerzas sociales que más representativas.

Resultó que Teobaldo I, fue educado fuera de Navarra, y ante su desconocimiento de las instituciones navarras empezó a causar conflictos y la formación de las Juntas para oponerse a él. A esta situación se puso remedio por un compromiso en 1237, por el cual, alegando el Rey su desconocimiento del Derecho navarro, se acordó recoger por escrito sus fueros y, una vez mejorados, cumplirlos exactamente. Así fue como se redactó el Fuero de Navarra, en cuyo prólogo se destaca que en los orígenes de la Reconquista los navarros en primer lugar se dieron leyes, y sólo después eligieron rey que hubo de jurarlas antes de ser proclamado; y también que es el pueblo el que alza o proclama al rey, después de que éste ha jurado guardar sus fueros.

Este pacto se trataba de una condición sine qua non, y se formalizó en la Asamblea de Olite, jurando los fueros y derechos en 1234, lo que ahora ligaba Navarra con las dinastías francesas.

Este pacto fue jurado por todos los reyes posteriores, incluido Fernando el Católico cuando conquistó Navarra en 1512. Así pues, en 1513, prestó juramento, y en 1515 reuniendo Cortes castellanas en Burgos, comunicó a los navarros dejaba en herencia a Navarra a su hija Juana, guardando los fueros y costumbres del reino. No solo se obligó a sí mismo, sino que dejó obligados a sus sucesores.

El nieto de Fernando el Católico, Carlos V, no solo juró los fueros y costumbres navarras, sino que dejó bien claro que la incorporación de Navarra a Castilla estaba realizada como unión “principal”, nunca como una supresión del reino, ni mucho menos como subordinación a Castilla. El pacto de incorporación institucional fue de eqüeprincipal.


DETALLE DE LA ESTATUA DE LOS FUEROS


3. FORALIDAD

Expresión concreta y algo tardía pero ya típica e indeclinable de la memoria colectiva de los navarros como comunidad histórica o "pueblo" en diálogo permanente y eventualmente tenso ante las instancias soberanas propias o llegadas desde fuera.

Hay que señalar que en todas las sociedades medievales europeo-occidentales se encuentra una secular contraposición de género de vida y diferencias de conducta entre ciudad y aldea, entre urbanidad y rusticidad. Mentalidad urbana y mentalidad rural, resultaron tanto en Navarra como en el resto de la España cristiana, los polos de una variedad socio-cultural, en el que encajaron las singularidades lingüísticas, legando así su actual patrimonio socio-cultural.

La Foralidad es la expresión concreta y algo tardía pero ya típica e indeclinable de la memoria colectiva de los navarros como comunidad histórica o “pueblo” en diálogo permanente y eventualmente tenso ante las instancias soberanas propias o llegadas desde fuera. Es el resultado de un pensamiento político, que deriva de la predisposición pactista, basado desde 1234 en la creencia de la monarquía como expresión de un contrato originario, por virtud del cual, un cuerpo social navarro que resistió a la invasión musulmana, eligió a su primer rey, a cambio de que este respetara unos derechos originarios o fueros, como garantes históricos aunque dispuestos a amejoramientos y evoluciones.

Esta mentalidad foral se vio materializada en la redacción unas cláusulas de compromiso que el nuevo rey, Teobaldo I, debía cumplir, denominado por el especialista José María Lacarra como  “Fuero Antiguo”. Fueron los primeros preceptos de derecho público, una compilación foral primigenia del Fuero General de Navarra.

Constituye una doctrina avanzada de soberanía popular, y la más amplia y profunda concesión de derechos permitidos por cualquier otro soberano de Occidente en la época, según afirman algunos especialistas como J. M. Lacarra.

Este contencioso que se acordó poner por escrito en un “fuero”, no se refiere a los “fueros” del reino en general, sino solo al fuero específico del grupo nobiliario que propuso a Teobaldo I ser rey de Navarra, una compilación de los derechos relativos a la nobleza en general.


ARRANO BELTZA (ÁGULA NEGRA) Y LAUBURU (CUATRO-CABEZAS)
SÍMBOLOS DEL REYNO DE NAVARRA

martes, 28 de junio de 2016

Juan de Zubileta

Marino paje de la nao Victoria con la que dio la primera vuelta al mundo junto a Elcano en la Expedición a las Molucas en 1519


REGRESO DE JUAN SEBASTIÁN ELCANO A SEVILLA,
POR ELÍAS SALAVARRÍA INCHAURRANDIETA (1919)


Juan de Zubileta nació en Baracaldo, en el barrio de Zubileta, situado en la margen izquierda del río Cadagua. Sus padres eran Martín Ochoa de Zubileta y Sancha.

Pasó a la historia por formar parte de la Expedición de las islas de las Especias al mando de Fernando de Magallanes y que terminó con una muy reducida tripulación de 18 hombres al mando del insigne marinero guipuzcoano Juan Sebastián Elcano. Fue la expedición a las islas Molucas fue la primera en dar la vuelta al mundo, a principios del siglo XVI. Partió del puerto de Sevilla el 10 de agosto de 1519 y terminó en el puerto gaditano de Sanlúcar de Barrameda el 6 de septiembre de 1522, tras recorrer 14.000 leguas marinas.

Ya desde tiempos de los Reyes Católicos, las islas Molucas, al noroeste de las Filipinas, eran un objetivo para la Monarquía hispánica, en clara lucha mercantil con el Reino de Portugal. La comercialización de las especias asiáticas para la condimentación de muchos manjares suponía un enorme ingreso de caudales monetarios para cualquier monarca europeo.

Juan de Zubileta fue paje en uno de los cinco barcos que formaban la expedición. Tenía instrucción en artes de marinar y sabía leer y escribir en castellano. Se alistó en esta aventura cuando contaba con tan solo quince años de edad, y después de tres años regresó a la ribera de Sevilla.

A comienzos del siglo XVI, la marinería vizcaína estaba concentrada en las rías de Guernica y Bilbao, así como en los puertos pesqueros de Bermeo, Lequeitio y Ondarroa. De estos lugares fueron la mayor parte de los vizcaínos que participaron en las expediciones descubridoras y colonizadoras del Nuevo Mundo y de las islas Orientales. En esta en concreto, embarcaron varios marinos provenientes de la ribera de Deusto, de Bilbao y de Barakaldo, de los cuales consiguieron sobrevivir el capitán de la Armada, Juan Sebastián Elcano de Getaria, el maestre Juan de Acurio de Bermeo, el grumete Juan de Arratia de Bilbao y el paje Juan de Zubileta de Baracaldo. El resto fallecieron en la travesía, quedaron en las islas de Cabo Verde, prisioneros de los portugueses, o regresaron a España más tarde sin que se tuviera noticias de ellos.

Juan de Arratia y Juan de Zubileta fueron los dos únicos que realizaron toda la larga travesía en la misma nave Victoria, sin haber navegado antes en cualquiera de las otras cuatro de la Armada de Magallanes. El mismo Juan Sebastián Elcano cambió de embarcación en varias ocasiones. En realidad se puede decir que de la nave Victoria sólo hubo dos supervivientes.

En el proceso de Badajoz sobre la muerte de Magallanes declararon algunos de los 18 supervivientes, y entre ellos estaba Juan de Zubileta. Su declaración, clara y precisa, lleva su firma. En recompensa a tan difícil hazaña, recibió 500 maravedíes equivalentes al sueldo de un año, así como varios quintales en especia.


PLACA CONMEMORATIVA A LOS SUPERVIVIENTES DE LA PRIMERA VUELTA AL MUNDO

domingo, 26 de junio de 2016

Principales operaciones de la Armada de Vizcaya en el siglo XV

Estas fueron las principales operaciones marítimas de la Armada de Vizcaya durante el siglo XV:

FLOTA DE LA GUARDA DEL ESTRECHO DE 1407

La participación vasca en las armadas que actuaban o tenían su base en Andalucía comenzó en 1407, año en que se organizó una flota para guardar el Estrecho, era la Flota de la guarda del Estrecho de Gibraltar de 1407. El objetivo era impedir las relaciones entre el Reinos de Granada y el Reino Fez, una entidad africana justo al lado sur del estrecho de Gibraltar.
Su composición era de 39 navíos, en los que alternaban las embarcaciones cantábricas y andaluzas. Entre las primeras predominaban los veleros (naos, barcos, balleneres), mientras que las segundas eran embarcaciones mixtas (galeras y leños).

La Armada del mar Cantábrico reunía un total de 24 unidades, siendo mayoritarias las procedentes de puertos de Vizcaya. Las naos de Vizcaya estaban al mando de Robín de Braquemont, antiguo embajador francés, y de Fernán López de Estúñiga consejero del rey; mientras que las galeras de Vizcaya eran capitaneadas por Juan Rodríguez Sarmiento.

El enfrentamiento entre las flotas cristiana y musulmana se planteó, por temor a la ausencia de viento, como un choque de galeras. Esto obligó a los cristianos a repartir parte de las tripulaciones de las naos en sus galeras, que eran pocas. Paradójicamente, en el momento de iniciarse el combate fue el recio viento de Levante el que impidió el concurso de los veleros, empujados hacia Tarifa, aunque finalmente pudieron participar en él.

El resultado final fue favorable a los castellanos: se apoderaron de 8 galeras y obligaron a sus enemigos a incendiar otras 13, además de un número indeterminado de cárabos, leños y zambras. Tras el combate, parte de la flota continuó las labores de vigilancia.

Tres años después, en 1410, se reeditó la Flota del Estrecho, constituida por 15 galeras, 5 leños, 6 naos y 20 balleneras. Según la Crónica de Juan II, la participación vizcaína fue de 3 galeras y un número indeterminado de balleneres, al mando de Ruy Gutiérrez de Escalante. La composición debió de ser similar a la de su antecesora, con predominio de veleros norteños y embarcaciones mixtas del sur.

Su intervención fue realizada tanto en Sevilla como en Cádiz, limitándose a diversos apresamientos, sin existir enfrentamientos de envergadura.


EXVOTO DE LA IGLESIA DE SAN PEDRO DE ZUMAYA QUE REPRESENTA LA VICTORIA DE LAS NAVES DE JUAN MARTÍNEZ DE MENDARO SOBRE LAS ARMADAS PORTUGUESA Y GENOVESA EN 1475, EN EL ESTRECHO DE GIBRALTAR


ARMADA CONTRA ARAGÓN Y GRANADA

En 1430 se organizó en Sevilla una Armada contra la Corona de Aragón y el Reino de Granada. En ella participaron nuevamente los marinos vascongados, aunque resulta difícil establecer su aportación.
En esta armada, dos de los capitanes de las naos y balleneres eran de Bilbao y que otro era de Bermeo, aunque abundaban los apellidos vascos.
En cuanto a las galeras, 15 constan como sevillanas y 5 de Santander, aunque parte de estas últimas estaban tripuladas por marinos vascongados, planteando una dicotomía entre el lugar de custodia de las embarcaciones y la procedencia de sus tripulaciones.


NAVE REPRESENTADA EN EL DINTEL DE LA PUERTA DEL ASTILLERO URAZANDI (MOTRICO)


FLOTA DE LA GUARDA DEL ESTRECHO DE 1482

La vigilancia del estrecho desde 1482 fue considerada como parte de la operación que se organizó para el asalto final al Reino de Granada. La flota para la guarda del Estrecho fue una armada mixta de galeras y veleros, en el cual se encontraban numerosos navíos vascos, como demuestra el nombre de sus capitanes y diversos documentos del Registro del Sello.

La contribución de la provincia de Guipúzcoa fue de 3 embarcaciones, que mantenía a su costa. Este hecho le valió el finiquito de los 1.250.000 maravedís que se le habían repartido para la formación de la armada contra los turcos. La participación vizcaína debió de ser superior, aunque sólo existe constancia fehaciente de marinos de Tavira de Durango.

La participación vasca en dicha empresa se mantuvo activa en 1486, 1487 y 1488, años en que Díaz Mena y López de Arriarán seguían siendo capitanes de los veleros castellanos. Y, en 1490, la Flota para la guarda del Estrecho contó con la participación de Garci López de Arriarán y de Juan de Lazcano como almirantes.


LA NAVE CAPITANA ZUMAYA DE LA FLOTA VIZCAÍNA
DE JUAN MARTÍNEZ DE MENDARO


OPERACIONES EN EL NORTE DE ÁFRICA
Tras el final de la Reconquista, en 1493, el secretario real Hernando de Zafra propuso a los Reyes Católicos que la Armada de Vizcaya debía estar destinada a atacar los puertos sarracenos del norte de África. Aquella flota debía de estar compuesta por las galeotas de Lazcano y Arriarán, con 240 hombres; cinco galeotas menores o fustas, con 300 efectivos; y dos carabelas largas, equipadas de remos, con 110 hombres.
Lazcano y de un sobrino de Arriarán, junto a Lorenzo de Zafra, realizaron una expedición al reino de Tremecén, que terminaría con la rendición de varias villas, incluida la ciudad de Melilla. Para muchos de los capitanes que actuaban en estos actos de violencia era ya una manera de vivir, como el caso de Martín de Zarauz y Ochoa de Asua, que repitieron ataque en 1483 y 1484. Y es que, los marinos vascos, tanto los enrolados en armadas reales como los ocupados en acciones de corso-piratería, colaboraron en ocasiones con marinos andaluces.
El servidor real Hernando de Zafra dispuso la Armada de Vizcaya para la guerra en el norte de África, agregándole 6 galeotas y 6 tafureras, con 2.000 o 3.000 hombres. La flota resultante podría financiarse con los fletes de la carraca de Artieta, unos 3.000 o 4.000 ducados, que aportarían mantenimientos para 60 días. Esto permitiría llegar hasta Túnez para transportar moros e intentar la ocupación de la costa, lo que se traduciría además en un freno para las armadas turcas, que llegaban entonces hasta Orán.
En marzo de 1494 se envió una carabela y una fusta para que, con el pretexto de comercializar cierta fruta, Lazcano y otros capitanes continuasen la inspección de las costas.
En 1495 se abandonaron las operaciones tendentes a la ocupación del norte de África, debido a la intervención militar en el Reino de Nápoles. Por el contrario, se reactivó la defensa de la costa granadina, así una flota de galeotas al mando de García López de Arriarán y Juan de Lazcano, patrullaron durante este año el litoral entre Vera y Guadiaro y cada capitán contaba con dos embarcaciones, una de 18 remos y otra de 14, que embarcaban 80 y 60 hombres respectivamente.
En la cuenta de la Armada a Levante al mando de Gonzalo Fernández de Córdoba, fechada en Málaga en 1500, se encontraban numerosos marinos vascos, deducible por los apellidos de los capitanes (Ochoa, Rentería, Larrauri, Madariaga, Marquina, Bilbao, Fagaza, etc.) y por el origen vizcaíno y guipuzcoano de sus navíos.

Los esfuerzos sobre el norte de África no reaparecen hasta 1502. En dicho año, Zafra dió noticias sobre el mandato regio para organizar una flota, cuyo capitán general sería Iñigo Manrique. En su análisis de los medios disponibles cita las galeotas de Lazcano y Arriarán, con 240 hombres, que tardarían mes y medio en estar preparadas. Dos años más tarde, la correspondencia de Tendilla recoge que se hallaba presta en Málaga una armada compuesta por tres galeras reales, dos zambras de 50 codos y ocho galeotas, con 1500 hombres de equipaje. Su objetivo era doble: defensa del reino de Granada y ataques contra las tierras de allende. En sus planes estaba la ocupación de Mazalquivir, que no pudo ser conquistada dicho año y hubo de dejarse para el siguiente, dentro de un nuevo proyecto.


PRINCIPALES INCURSIONES NAVALES DEL REINADO DE LOS REYES CATÓLICOS

viernes, 24 de junio de 2016

Juan de Idiáquez y Olazábal

Secretario real y consejero de Felipe II y presidente del Consejo de Órdenes con Felipe III


JUAN DE IDIÁQUEZ Y OLAZÁBAL


Juan de Idiáquez y Olazábal era hijo de Juan de Idiáquez y Yurramendia, secretario real del emperador Carlos V. Nació en Madrid en 1540, cuando esta ciudad aún no era capital de España. Desde joven, recibió una educación cortesana, siendo paje del príncipe Carlos.

Sus primeros servicios para la Monarquía española los hizo como embajador en Génova y Venecia.

En 1579 acompañó a Granvela en su viaje a España y sustituyó como secretario del Consejo de Estado a Antonio Pérez, cargo que desempeñó desde 1579 hasta 1587. Para Idiaquéz fue un nombramiento absolutamente inesperado; en aquellos momentos no era siquiera secretario del rey, título indispensable para acceder a la Secretaría de Estado.

Tras la muerte de Granvela, Felipe II formó un consejo de secretarios y consejeros reales, siendo Juan de Idiáquez uno de los miembros más destacados de aquel gabinete. Se encargó de todo lo referente a Relaciones Exteriores. Este consejo fue renovado en 1593, con el objetivo de asesorar al príncipe Felipe III, en caso de producirse la muerte del rey.

Cuando murió Felipe II, en 1598, se impuso el valido duque de Lerma al frente del consejo, produciéndose pocos cambios en el equipo de gobierno. Así, Idiáquez pudo mantenerse como consejero de Estado, siendo uno de los personajes más influyentes del gobierno de Felipe III. En este periodo recibió diversos altos cargos, entre ellos el de presidente del consejo de las Órdenes, desde 1599 hasta 1614.

Fue miembro de la Orden de Santiago y recibió además el título de duque de Villa Real para los sucesores de su casa. Fue comendador mayor de León, promovió varias mejoras en San Sebastián y murió en Segovia en 1614.

Estuvo casado desde 1563 con Mencía Manrique de Butrón, quienes dejaron un único hijo, Alonso de Idiáquez y Butrón, I duque de Ciudad Real y virrey de Navarra.


CONSEJEROS REALES DE FELIPE II

miércoles, 22 de junio de 2016

Expansión territorial de Navarra con Sancho I Garcés

Tras la muerte de Fortún, en el 905, el último de los reyes pamploneses de la dinastía Íñiga, fue proclamado Sancho I Garcés el Grande, primer rey de la dinastía Jimena hasta 925. Este fue artífice de una expansión territorial más allá de las iniciales fronteras anexas a Pamplona, gracias a sus fuertes vínculos con los demás reinos cristianos. Siendo aliado de Ordoño II de Asturias reconquistó Estella, Nájera y Calahorra.

Pampona y León se afirmaban como monarquías hispánicas cristianas en lucha reconquistadora frente al islam y sus uniones matrimoniales se hicieron más necesarias que nunca ante la amenaza islámica. Por eso, Sancho I de Pamplona y García I de León establecieron una política colaboracionista y una alianza militar frente al poder de Córdoba. La alianza pamplonesa-leonesa, aparte de rechazar el peligro que era común a toda la Hispania cristiana, favoreció la expansión reconquistadora de ambas monarquías.

SANCHO I GARCÉS ENTERRADO EN EL CASTILLO DE MONJARDÍN

En el valle del Ebro se produjo un vacío de poder cuando en el año 907, Sancho I tendió una emboscada al líder de la dinastía Banu Qasi de Tudela, muladíes conversos descendientes de los hispano-godos Casio, que ejercían el poder islámico desde varias generaciones.

Sancho I inauguraba su reinado con un importante avance por tierras de Estella, ocupando las fortalezas musulmanas hasta el Ebro e instalándose definitivamente en San Esteban de Deyo (Monjardín). En 914, tomó Calahorra y cuatro años más tarde Alanje y Nájera. Además mantuvo la influencia sobre el pequeño Condado de Aragón.

Simultáneamente, García I de León, apoyando la acción del rey pamplonés, obtuvo una importante victoria en Arnedo. Su hermano Ordoño II le sucedía en el trono, dando muestras de agresividad frente al islam, mediante las expediciones reconquistadoras de Évora y Mérida.

La debilidad que en esos momentos atravesaba Al-Ándalus permitió fortalecer las tierras navarras por la ribera del Ebro y del Arga así como de la alta Rioja. Los monasterios de San Millán de la Cogolla y Albelda protagonizaron la actividad cultural y repobladora del momento.


GUERREROS CRISTIANOS CONTRA MUSULMANES

El emir de al-Ándalus, Abderrahman III, proclamaba la guerra santa contra el infiel cristiano. Deseoso de gestar un mortal golpe a los enemigos del norte peninsular, se puso al frente de un impresionante ejército compuesto por levas cuajadas de entusiastas soldados de Alá y comenzaba un calendario de azote y guerra para las huestes cristianas.

En el verano de 920, los pueblos y ciudades a ambos lados de la frontera se preparan para las aceifas, pero esta vez el ataque musulmán estuvo encabezado por el emir. Los servicios de espionaje de ambos bandos trabajan para establecer estrategias.

Lo que en principio parecía una aceifa sobre Zamora se desveló como un ataque generalizado contra Navarra. El rey Ordoño II, quien esperaba una acometida sobre Simancas, acudió a toda prisa en ayuda del rey pamplonés Sancho I. Todo fue inútil y las tropas de ambos monarcas coaligados fueron abatidas en la batalla de Valdejunquera. De ese llano navarro entre los valles estelleses de Guesalaz y Yerri, llamado por los cronistas árabes Muez, fueron pocos los caballeros y guerreros cristianos que lograron escapar junto a sus reyes por los montes de Andía. De cualquier forma, navarros y leoneses mantuvieron las fronteras establecidas.


BATALLA DE VALDEJUNQUERA
 
El inicial auge militar de los reinos cristianos hispánico a comienzos del siglo X fue frenado por esta contundente derrota, a pesar de lo cual las fronteras no experimentaron modificación, ni rompieron la alianza política y militar de colaboración reconquistadora navarro-leonesa. Por eso, tres años después, los ejércitos de Sancho I y Ordoño II emprendieron la reconquista de La Rioja, recuperando Nájera y Viguera para el Reino de Pamplona. La alianza se reforzó mediante el matrimonio entre Ordoño II con Sancha, hija de Sancho I.
 
En el 924, Abd Al Rahman III proclamaba el Califato de Córdoba de su dinastía Omeya, con total independencia política y religiosa del Califato de Damasco de los Abbasies. Su primera acción militar como califa fue una expedición de saqueo a Pamplona y control sobre el territorio de los Banu-Qasi. Además, impuso un régimen de pago de tributos a los reinos cristianos del norte. Esta presión suponía un peligro, tanto para la frontera oriental de Pamplona como para la frontera oriental de León, que se agravaría con la muerte de Ordoño II en el 924 y la de Sancho I en el 926.
 

lunes, 20 de junio de 2016

Monumento a Legazpi-Urdaneta en Manila




Andrés de Urdaneta y Migueñ López de Legazpi (Ordizia y Zumarraga) han pasado a la historia de Filipinas como sus fundadores. No es extraño que compartan un monumento en una espléndida plaza de Manila, distrito de Intramuros. El monumento a Legazpi-Urdaneta es un conjunto escultórico construido en bronce y granito en estilo neoclásico diseñado y realizado en Barcelona en 1895 el escultor español Agustín Querol y Subirals. Pero fue finalmente levantado en la capital filipina en 1929. Acompañan al pedestal emblemas de la Marina, el Valor y la Ciencia y los nombres grabados de Magallanes, Elcano, Loaisa y Villalobos; cuatro marinos que también pasaron por las islas Filipinas en expediciones del siglo XVI.




El monumento conmemora la colonización y evangelización de las islas Filipinas en 1565 por ambos patriotas vascongados en nombre de su rey Felipe II y a mayor gloria del Imperio de la Monarquía hispánica.

La estatua de Urdaneta lleva una cruz y un libro del Evangelio, signos que representan el Catolicismo; mientras que Legazpi sostiene una espada, que simboliza el poder. Ambos aparecen estar dando un paso al frente, como si estuviesen caminando en su expedición. En la parte inferior aparece la figura de una mujer que les señala. En 1966 se le añadió una placa conmemorativa con las firmas del presidente de la República, del cardenal de Manila y del arzobispo de Cebú.



sábado, 18 de junio de 2016

Estamentos sociales vizcaínos en la Edad Media


LOS LABRADORES

Durante la Edad Media, en los territorios de unas Provincias vasca que se estaban formando, un abundante número de labradores dependía de sus señores feudales y estaban suscritos al solar que servían, estando sometidos al pago de censos y prestaciones. Esta presión de servidumbre entre campesinos y señores se incrementó durante la Baja Edad Media, surgiendo situaciones de conflictos.
Entre estos labradores dependientes se diferenciaban dos tipologías diferentes:

1- los censuarios o los dependientes del Señor de Vizcaya, que, a su vez, podían estar cedidos a otros señores particulares.

2- los dependientes de los pequeños señores vizcaínos o Parientes Mayores.

Los labradores dependientes del Señor de Vizcaya ocupaban las tierras pertenecientes a éste en el Señorío. Con el tiempo, se trasladaron a las villas fundadas, perdiendo su condición de cesuario y adquiriendo la de vecino.

Estaban unidos a la tierra que trabajaban, que no podían abandonar, como quedó de manifiesto en el Fuero Viejo. El Fuero Nuevo también les prohibía abandonar sus caseríos censuarios que debían estar siempre poblados. En cambio, sí gozaban de la  posibilidad de poblar nuevo solar, si bien éste seguiría siempre afecto a su propietario y volvería plenamente al mismo en caso de que el labrador desamparara su casa.

Estos labradores eran frecuentemente donados por el señor, que podía disponer de ellos libremente, por la estricta dependencia a que estaban sometidos. Ejemplos de estas donaciones fueron, entre otros, los labradores que donados a las villas en el momento de su fundación, como sucedió en el caso de Ondárroa y Guerricaiz, o a particulares, bien Parientes Mayores, bien a iglesias y monasterios. Estas donaciones suponían fundamentalmente que los receptores de las mismas pasaran a cobrar los censos de esos labradores, como quedó de manifiesto  en la provisión de Enrique III de 1401, en la que ordenó que se paguase a Cenarruza los 2.156 maravedíes que le correspondían por los labradores censuarios de Bolivar. Estas donaciones se hacían en juro de heredad, lo que permitía que los labradores así donados pudieran pasar a los herederos de los primeros beneficiarios.

Estos censuarios están sometidos al pago de censos al señor. En el siglo XV esta obligatoriedad estaba ya unificada en un censo global para todos ellos de 100.000 maravedíes. De moneda vieja, o 200.000 de la blanca, que permaneció inalterable durante todo el siglo, y al estar así fijados parecía que los censuarios son eximidos del resto de los censos regulares, a excepción del diezmo y los demás de carácter eclesiástico. Aunque todos ellos estaban sometidos a las mismas condiciones, no significó una igualdad en cuanto a recursos económicos. Por el contrario, entre estos censuarios existían situaciones diferentes, así lo demuestra la queja planteada por los de Ereño sobre su encabezamiento: se declaran con menos recursos que los de otras merindades, de los que dicen "que son más poderosos que ellos".

MOMTE SOLLUBE, POR AURELIO ARTETA


A cambio de estos censos, el señor de Vizcaya les debía protección, lo cual se ejerció principalmente de cara a los hidalgos y Parientes Mayores. Fue por esto por lo que, a fines del siglo XV, acudieron a los Reyes Católicos, quejándose de las usurpaciones de montes y dehesas realizadas por los hidalgos vizcaínos, lo cual les perjudicaba directamente al restarles zonas de aprovechamiento común.

Los linajes vizcaínos no sólo poseen labradores dependientes por percibir donaciones de censuarios, sino que también tienen dependientes propios, sometidos a su poder y autoridad y de los que recibían censos. A grandes rasgos, estos campesinos debían tener una situación similar a la de los censuarios, aunque sin duda gozaban de peores condiciones económicas y jurídicas; como aquellos, se encontraban unidos a la tierra y al señor, que podía venderlos o donarlos, pero, al tener más cerca la autoridad señorial, el peso de ésta debía ser mayor.

Así pues, entre los labradores dependientes existían dos escalas distintas, los censuarios y los ligados a los linajes vizcaínos. Estos campesinos, al menos en ciertos casos, y seguramente con más frecuencia y libertad los censuarios, tenían sus propios usos y costumbres para regirse y formar ciertas comunidades en las anteiglesias, asó como para organizar colectivamente la explotación de los comunales, el trabajo, la ayuda mutua, etc., junto con los libres. Ahora bien, con todo, su situación era precaria, lo que les llevó no sólo a abandonar el solar y acudir a poblar otros nuevos, sino también a dirigirse a las villas y liberalizarse en ellas o convertirse en sus dependientes.

En general, el campesino vizcaíno bajomedieval constituyó una compleja clase social en la que existieron diversas situaciones. Una porción de ese campesinado se unió a las villas, pasando a depender de ellas o a constituir una parte de sus vecinos, perdiendo así su condición y adquiriendo la de villano, aunque en muchos casos sigan ligados al mundo rural.

A finales del siglo XV, el porcentaje de campesinos parcelarios propietarios de la tierra que trabajaban debía ser el 50% del total; es decir fueron en aumento seguramente como consecuencia de la progresiva apropiación de las tierras comunes por parte de aquellos descendientes de labradores dependientes, que salían de la casa familiar por necesidad de subsistencia, pero no abandonaron el mundo rural.


DANZA VASCA


LOS HABITANTES DE LAS VILLAS

En función del Fuero de Logroño, y de las propias cartas puebla, la población urbana es, en primer lugar, franca y libre, y junto a esto la villa goza de autoridad y jurisdicción propia. Este hecho, así como su actividad comercial y artesana, dota a esta población de un nuevo estilo de vida y una nueva mentalidad, diferente a la predominante en el mundo rural circundante, a pesar de las vinculaciones que con él mantiene. No es extraño, entonces, que los grupos urbanos, que se añaden y entrelazan a los rurales tradicionales, influyan sobre estos y su evolución, al tiempo que les proporcionan nuevas fuentes de riqueza. Sin embargo, la “burguesía” no será bien recibida en el mundo rural, particularmente entre los linajes que reaccionarán frente a ella, utilizando para defender sus privilegios, instrumentos de carácter jurídico, como los Fueros, y también en ocasiones, las armas, lo que provocará, choques entre ambos.

Las villas se constituyen, en la mayor parte de los casos, sobre un núcleo de población preexistente, en cuya composición debían predominar los labradores, cuya condición cambia al darse el Fuero. Ahora bien, las cartas puebla van dirigidas a labradores e hidalgos, y además, hay que resaltar el hecho de que en las villas se asentarán también Parientes Mayores y extranjeros.

Los labradores que acudían a las villas durante la Baja Edad Media debieron ser abundantes y, en este sentido, es significativo que, a finales del siglo XIV, cinco villas se fundaran por su petición (Guerricaiz, Miravalles, Mungía, Larrabezúa y Rigoitia). Una vez avecindados en la villa, parte de los labradores pierde su condición de dependencia convirtiéndose en hombres libres, otros buscan un amparo a esa libertad, o bien obtener un medio de subsistencia cuando el medio rural no se lo proporciona. Este caso sería el de los labradores libres o segundones de éstos, que acuden al mundo urbano ante la falta de tierra o la extrema escasez de ésta.

Desde el punto de vista cuantitativo, el segundo elemento que destaca entre aquellos que acuden a poblar las villas son los linajes, cuyo interés por este mundo parece aumentar a partir de finales del siglo XIV. Por una parte, es una salida para los segundones en un momento en el que se impone el mayorazgo, por otra, es un medio de asegurarse un medio de subsistencia por parte de aquellos cuya fortuna familiar es restringida. Estos linajes se integran en la población urbana y se encuentran en la base de esa naciente burguesía; ahora bien, no siempre pierden sus derechos, encontrándonos así con que ciertos vecinos siguen manteniendo su situación privilegiada hidalga.

Elementos procedentes de los grandes linajes y Parientes Mayores acuden también a las villas. Ya desde su conversión en villa, en 1366, los Meceta están asentados en Guernica. Miembros de la familia Salazar aparecen en Portugalete, donde ocupan cargos del concejo. Los Leguizamón, asentados en Bilbao, alcanzan gran poder en esta villa y son, quizá, los ejemplos más claros del proceso que lleva a los Parientes Mayores a asentarse en las villas.

Como dato anecdótico podemos señalar que este escudo se encuentra también, en la Basílica de Nuestra Señora de Begoña. Por ser los Leguizamón los patronos de Begoña, tenían derecho al cobro de los diezmos de la dicha iglesia y por lo tanto disponen del único sepulcro que existe dentro de la misma. Se encuentra frente a su Altar Mayor y está rodeado por la leyenda “Sepultura de los patronos de Begoña”.


AURRESKU, POR AURELIO DE ARTETA


En las cartas puebla de las villas se establecen ya ciertos privilegios de carácter fiscal para aquellos que vayan a poblarlas; y en muchos casos como en Elorrio o Miravalles, a los primeros pobladores se les exime de todo pecho o pedido durante un determinado número de años, normalmente cinco. Incluso en ocasiones, este tipo de privilegios se hacen extensivos a ámbitos más amplios que la propia villa, y así Lequeitio, por ejemplo, goza desde 1334, entre otras cosas, de franqueza de portazgo en todo el reino, a excepción de Sevilla y Murcia.

Junto a esto, hay que resaltar el hecho de que las villas se dan a sí mismas su propio gobierno, saliendo sus autoridades de sus propios vecinos, como se especifica en las cartas puebla de Ermua y Guernica; ejercen justicia y, en algunos casos, como Bilbao, los vecinos de la villa no pueden ser emplazados fuera de ella.

En definitiva, la villa proporciona no solamente un medio de vida para aquellos elementos procedentes del medio rural, que cuentan con escasos recursos en el mismo, sino además una serie de ventajas que resultan atractivas en los siglos medievales, así como una protección de la que se carece en la Tierra Llana. Todos los vecinos de la villa son vasallos del Señor, lo que supone una protección a cambio de un dependencia muy laxa, dada la lejanía de aquél; y cuando el Señor pasa a ser el Rey, las villas escapan al poder señorial pasando a ser realengo, lo que aún aumenta más sus ventajas. Por otra parte la villa, a través de su sistema de gobierno, garantiza por sí misma a todos sus habitantes una protección; aunque el precio de esta protección es en ocasiones más elevado que el de la dependencia señorial estricta, siempre es preferible, por el marco legal en que se integra, que la dependencia de los Parientes Mayores de la Tierra Llana. A cambio de todo esto, y como vasallos del Señor de Vizcaya, los habitantes de las villas deben pagar pechos y prestar servicio de armas, pero las ventajas obtenidas a cambio parecen compensar con creces esas cargas.

Las actividades más características de las villas vizcaínas son la comercial y la naviera. Ambas constituyen las más importante fuentes de enriquecimiento urbano y en ocasiones ambas actividades son desarrolladas por las mismas personas. Si la actividad urbana más lucrativa es el comercio y particularmente el marítimo, hay que considerar que el mar es también centro de otras actividades que proporcionan ocupación e ingresos a los habitantes de las villas marineras. La construcción naval, los oficios marineros (pilotos, marineros, etc.) y la pesca. Por lo que se refiere a ésta, es una fuente de enriquecimiento o medio de subsistencia tanto para los que la practican directamente como para el grupo relativamente amplio de regateros que posteriormente la comercializan. En ocasiones, los pescadores, como los asociados en la cofradía de San Pedro de Bermeo, constituyen un importante grupo de poder en la villa, al tiempo que ésta protege esa actividad.

El artesanado y la práctica de los oficios y servicios es el otro grupo de actividades más típicamente urbanas que también se desarrollan en el Señorío. Los oficios artesanos son enormemente variados y tienden a cubrir todas las necesidades de los vecinos de las villas. Pero no hay que olvidar otras importantes actividades ejercidas por físicos, boticarios, escribanos, maestros de escuela (éstos están en relación con la necesidad de adquirir una mínima base cultural para el desarrollo de las actividades urbanas, especialmente el comercio), carniceros y tenderos en general, así como barberos.
La mayor parte de los habitantes de las villas mantienen su propiedad territorial anterior, o acceden a este tipo de propiedad tras conseguir un cierto enriquecimiento. Por su parte, los más destacados miembros de las villas relacionados con los grandes linajes o miembros de ellos, disfrutan de fuentes de renta semejantes a las de sus iguales en la Tierra Llana. Así explotan molinos y ferrerías, gozan de patronatos y reciben mercedes reales.

Ya en la última parte de la Baja Edad Media empezó a manifestarse la importancia de las villas en la maduración socio-política de los vizcaínos. Sus villas, y especialmente la de Bilbao y su puerto, fueron las puertas que abrieron a éste pueblo hacia el exterior y, al mismo tiempo, le permitieron enriquecerse no sólo económicamente, sino también culturalmente, con las relaciones que establecieron con los demás pueblos de España y del resto del mundo. Ya en el año 1443 se concluyó en Brujas un tratado en el que intervinieron cinco maestres titulados bilbainos; en 1480, en las Cortes de Toledo, se pedía a los reyes “Que deben mandar hacer galeras y naos en Vizcaya... pues para eso tienen buen aparejo”; y en el año 1496 en Bilbao se construyó parte de la escuadra que se utilizó para el viaje de casamiento en Flandes de la Princesa Doña Juana con el Archiduque de Austria (conocido en la historia como Felipe el Hermoso). Por cierto, el constructor vizcaíno fue Juan de Arbolancha, y en dicha flota iban también importantes personajes vizcaínos, entre ellos Gómez de Butrón y Mújica, que llegó a quedarse de Almirante de la escuadra, y Martín de Mújica, tesorero de Doña Juana.


CIUDAD MEDIEVAL


LAS MINORÍAS SOCIALES

En ésta época existían también minorías religiosas como los judíos y musulmanes. La convivencia en el País Vasco con las mismas fue en general pacífica. En Navarra estas dos religiones convivieron bien con la católica (sólo había musulmanes en la zona de Tudela, ciudad fundada por ellos en el siglo IX sobre la romana de Muskaria, y en Pamplona). A los musulmanes se les llamaba moros o sarracenos, eran descendientes de los que conquistaron esas tierras y vivían en el barrio de la morería. Pagaban una tasa por su libertad (como el resto por otros conceptos), tenían autonomía para realizar sus actividades o para la práctica religiosa.

Navarra era el único reino cristiano donde los judíos tenían consideración de ciudadanos, poseían su "fuero" propio dado en los municipios que residían y disposiciones en el Fuero General de Navarra, cuyos principales puntos tenían como objetivo salvaguardar sus derechos en materia de religión, propiedad y justicia. Su aparición en tierras vascas data ya desde la época del Imperio romano; su presencia fue importante en Alaba: Gasteiz, La Bastida y Agurain, así como en Segura, Orduña y Balmaseda. Vivían en sus barrios normalmente, como en el resto de reinos cristianos. Muchos fueron prestamistas (se prohibían por ley intereses superiores al 25% y préstamos entre católicos), siendo judío Ezmel de Ablitas el fundador del primer banco navarro (Tudela siglo XIV). El rey de Navarra y Aragón eran deudores de este rico comerciante que cobraba un 20% de interés; el rey de Aragón no pudiendo pagar su deuda dio en matrimonio a su hija con una gran dote. En el año 1234 el papa Gregorio IX ordenó a Teobaldo I rey de Navarra que obligara a los judíos a llevar distinto traje que los cristianos, según lo establecido en el Concilio General, lo cual no se practicaba en Navarra.

En el siglo XIV ésta convivencia pacífica cambió. Muchos judíos habían llegado expulsados de Francia, convertiéndose así en un grupo importante e influyente. En ese siglo XIV se produjeron matanzas de judíos en Estella (1328), Pamplona (1355) y Tudela (1361); ésta última tenía el barrio de judíos más numeroso. Estas matanzas conicideron con el antisemitismo clerical, la peste y hambruna de la que fueron chivos expiatorios. Los judíos fueron expulsados de Balmaseda en el siglo XIV. Alaba, aplicando las leyes castellanas, tomó medidas de discriminación contra los judíos en 1428 y 1487, como la de no salir de sus barrios o la de vestir con distintivos. Pero la primera gran expulsión fue la de 1492, cuando, por edicto papal confirmado después por los Reyes Católicos, los judíos que no se convirtieron al catolicismo fueron expulsados (los convertidos eran despectivamente llamados marranos por los cristianos), quedaban a salvo los del reino de Navarra, aún independiente. Los musulmanes corrieron la misma suerte que los judíos.


EL MENDIGO, POR ANTONIO LECUONA


No es éste el caso de los agotes, los conocidos como los "gitanos vascos", que ocupaban barrios separados y realizaban tareas que los vascos no querían realizar, no teniendo los mismos derechos que éstos (ni siquiera podía entrar a las iglesias). Muy probablemente se trataba de gente venida, sobre todo a Baiona y Baztan, huyendo en el siglo XIII de las más de dos mil leproserías abiertas al sur de Francia, principalmente tras el asalto a las mismas de Felipe V el Largo de Francia y Navarra para robarles el dinero. Estas personas eran conocidas como cagots en Francia (leprosos fingidos), de donde vendría Kagota y agota. Fueron estigmatizados desde el principio y obligados a llevar lazos distintivos. Las Cortes de Navarra prohibieron su discriminación en 1517, pero no se pusieron medios para su aplicación; en 1698 las Juntas Generales de Gipuzkoa les expulsó de su territorio por considerarles indeseables. Se decía que eran fácilmentes identificables pues desprendían un especial hedor y por tener las orejas más pequeñas.

En 1817, los últimos agotes que vivían en Leitza, Ituren, Elorriaga y en el barrio del valle baztanés de Bozate, en Arizkun, conseguirían la igualdad de derechos. Al que le sorprenda esto le diré que en España no se reconoció la libertad de culto definitivamente hasta la constitución de 1890, salvo en los años de las dictaduras, que no fueron precisamente pocos, y que las mujeres no han conseguido el derecho al voto hasta la muerte de Franco en 1975, fecha hasta la cual no podían firmar contrato alguno, equiparándoselas a menores y sordomudos.

Como anécdota contar que la "Carmen" del compositor francés Bizet (1875), escrita sobre un manuscrito previo comprado por el compositor de la famosa ópera, era una gitana del Baztan, es decir, una agote.

Los gitanos llegaron a la península Ibérica en el siglo XV, con sus carros, tradiciones y su lengua de la familia indo-aria relacionada con el hindú sánscrito, pues su origen era indio, aunque llegaron a través de Egipto, de ahí su nombre: gitanos, gypsi en inglés o ijitu en euskara. Las primeras noticias de gitanos en tierras vascas son del año 1435 en Olite (Navarra). Su leyenda negra deja huella en los cantos y cuentos de Euskal Herria desde el siglo XVI, siendo expulsados de Lapurdi en 1538, de Navarra en 1549, de Bizkaia en 1567 y de Gipuzkoa en 1697. En Baja Navarra fue establecida en 1722 una recompensa de 60 francos a todo aquel que atrapase a un gitano. En 1802 las suprefacturas de Maule y Baiona dieron orden de detener a todos los gitanos y deportarlos a las colonias francesas de ultramar. En la actualidad se dice que los únicos vascos monolingües son los gitanos de la localidad bajonavarra de Orzaize, ya que al no ser escolarizados, no saben francés.

miércoles, 15 de junio de 2016

Bartolomé Ferrelo

Capitán de la Expedición a la costa oriental americana de 1542




Natural de Bilbao, Vizcaya, donde nació en 1499. Bartolomé Ferrelo pasó a la historia marítima por ser piloto de la expedición de Juan Rodríguez Cabrillo para explorar la parte norte de California. Fue la primera exploración de la costa oriental norteamericana.

En 1542, iba como piloto a las órdenes de Rodríguez Cabrillo, capitán portugués enviado por Mendoza, el virrey de México, para la exploración de la parte norte del actual estado de California. La expedición estaba compuesta de tres naves: el San Salvador, la nave insignia, un galeón de 200 toneladas que Cabrillo mismo había construido; la Victoria de unas 100 toneladas; y la fragata o bergantín San Miguel con 26 remos. La expedición de Cabrillo fue la primera exploración que se adentró en la costa oriental de los actuales Estados Unidos.

La pequeña flota partió el 27 de junio desde Barra de Navidad (Jalisco) y acompañaban a Cabrillo marineros, soldados, indios, esclavos africanos, un sacerdote, alimentos para dos años, animales en pie y mercancías. Navegaron a lo largo de la costa hasta punta del Año Nuevo (37°10'N), al norte del actual Monterrey. Las naves se separaron debido a los fuertes vientos y tormentas. Después de varios días de búsqueda se reunieron el 15 de noviembre para navegan sin rumbo, descubriendo la bahía de los Pinos (Monterey Bay).


DESEMBARCO DE LA EXPEDICIÓN EN LA ISLA DE SAN MIGUEL


El 18 de noviembre navegaban hacia el sur, buscando el resguardo de la bahía de la isla de San Miguel, adonde arribaron el día 23. Los siguientes tres meses los pasaron ahí resguardándose de las tormentas invernales y reparando las embarcaciones. Durante la estancia, Cabrillo moría por una herida gangrenada en enero de 1542.

Ferrelo le sucedió en el mando como capitán de la flota y continuaron los descubrimientos hacia el norte, hasta alcanzar la latitud 43°N, donde vio la costa del cabo Blanco, que más tarde George Vancouver bautizará como cabo Orford (Oregón).

El frío excesivo, la falta de provisiones, las enfermedades y la insalubridad de su barco, les obligaron a regresar sin alcanzar el paralelo mencionado en sus instrucciones. A los 41°30'N se dio cuenta de un punto destacado en tierra al que, en honor del virrey, le dio el nombre de cabo Mendocino. Desde este punto se embarcó de regreso a Barra de Navidad, situado a 19°45'N, adonde llegaron el 14 de abril 1543. Gracias a esta exploración Ferrelo estableció que la costa norteamericana del océano Pacífico era una línea continua entre esos dos puntos.

A los pocos años, murió en la ciudad de México, en 1550.




CARTOGRAFÍA DE LA EXPEDICIÓN DE CABRILLO Y FERRELO

martes, 14 de junio de 2016

Linaje de Orbea de Eibar

La casa solar de Orbea en Eibar es una de las más importantes de la villa por su mucha antigüedad, la gerarquía de sus poseedores y el número de hijos ilustres que de ella han descendido.




Carlos Orbea, general en la carrera de las Indias.

Domingo Orbea, proveedor general de las galeras en España. Nacido en 1507, fue veedor general de las galeras en España y de la orden de Santiago en 1557.

Domingo Martínez Orbea, tesorero general de España y de Carlos V en Flandes.

Juan Orbea, tesorero general del reino de Aragón.

Juan Bautista Orbea, secretario real del despacho de Guerra y gentil-hombre de su real casa, en el primer cuarto del siglo XVII.

Manuel María Orbea, padre de Juan Manuel, Casimiro y Mateo, fundadores los tres de la fábrica de armas que se constituyó bajo la razón social de Orbea hermanos en el año 1859, y que subsistió en el siglo XX, con sucursales en el extranjero, y dando ocupación a muchos cientos de obreros en sus fábricas.

Martín Orbea, teniente general que regaló a la iglesia donde fue bautizado un magnífico estandarte, que estuvo muchos años ondeando en el techo de la parroquia. Nació el 20 de junio de 1591. En 1627 fue nombrado caballero de la orden de Santiago y en 1631 almirante de los cinco galeones de Tierra Firme y flota de Nueva España. Cuando el 22 de mayo de 1635 embarcó Orbea para la Nueva España con el marqués de Cardereita y el general Juan de Vega Bazán, era ya almirante, y desde la empresa de la Goleta, donde se distinguió extraordinariamente, fue general de las galeras de España. En septiembre de 1638 se reunió con la escuadra de su paisano Carlos de Ibarra, y juntas las dos escuadras invernaron en Veracruz, de donde vino a España Orbea en julio de 1639, conduciendo la plata que había ido a buscar. Murió en Vélez-Malaga.

viernes, 10 de junio de 2016

Evolución de la fortaleza de Fuenterrabía antes del Sitio de 1638


El recinto fortificado que las tropas atacantes francesas contemplaron en el verano de 1638, previo a su sitio, había sido levantado en su mayor parte hacía ya un siglo.

A pesar de tan gran lapso de tiempo transcurrido, de los progresos en la potencia, alcance y precisión de la artillería y de la endémica falta de dinero de la hacienda real para las adecuaciones y mantenimientos necesarios, la plaza poseía un sólidos muros.

El apoyo francés a la causa de Juana la Beltraneja frente a Isabel la Católica en la Guerra de Sucesión de Enrique IV supuso el fin de la tradicional alianza castellano-francesa en la baja Edad Media. 
Desde entonces, Guipúzcoa se convertía en tierra de frontera frente a un estado que estuvo en guerra con la Monarquía hispánica durante buena parte de la Edad Moderna por la supremacía en Europa. El sitio puesto por los franceses a Fuenterrabía en 1476 en el marco de aquella guerra sucesoria señaló el comienzo de una época de gran transcendencia en la historia de la ciudad por lo que suponía su consideración de plaza fuerte y primer bastión en la defensa del reino castellano ante las acometidas desde el otro lado del Bidasoa. 

Los progresos experimentados paralelamente en el manejo de la pólvora y las armas de fuego trajeron como consecuencia nuevos modos de fortificar las poblaciones para hacer frente al creciente poder del cañón, provocando en Fuenterrabía un cambio muy importante en su fisonomía urbana que perdura hasta la actualidad como uno de los rasgos característicos de la población.



PLANO DE LA PLAZA CON AMPLIACIONES POSTERIORES AL SITIO DE 1638 EN SOMBREADO


Inmediatamente después del sitio de 1476, se acometieron importantes obras en las defensas de la plaza que desembocaron, antes de que finalizase el siglo, en la construcción de un nuevo recinto formado por una barrera en la que se levantan cubos de planta circular en los frentes oeste y sur, todo ello al exterior de una muralla medieval que continuaba en pie y mantenía toda su funcionalidad, especialmente en los otros frentes.

Durante los primeros años del siglo XVI continuaron las obras en las fortificaciones pero fue a partir de la conquista castellana de Navarra en 1512, el incremento de la tensión bélica y el inicio de enfrentamientos armados en este sector de la frontera cuando las autoridades militares impulsaron con especial relieve los trabajos de fortificación de la plaza.

En el cuarto de siglo que va del período de ocupación francesa de la plaza (1521-1524) a mediados de siglo, se hizo levantar, en una primera fase, dos nuevos cubos de planta circular, por los arquitectos Leiva y Santa María, y buena parte de los lienzos de las murallas adyacentes. Pero fue especialmente en una segunda fase, desde 1530, cuando se produjeron los cambios más importantes con la erección de los dos baluartes “clásicos” de San Nicolás y la Reina, la finalización de las cortinas y la conversión del antiguo castillo en una auténtica plataforma artillera en lo alto de la población desde la que dominar el contorno. Un fortuito derrumbe de un tramo de muro en el ángulo sureste de la plaza en 1572 propició la construcción del baluarte de San Felipe para la defensa de este sector, siendo éste el último gran elemento de las fortificaciones construido antes del sitio de 1638.

A pesar del gran esfuerzo económico que había cambiado la fisonomía de las defensas de la ciudad, éstas presentaban importantes carencias según el experto arquitecto Tiburcio Espanochi ya a finales del mismo siglo XVI. Y su valoración cobró especial sentido tras los sucesos de 1638 y las reformas propuestas con posterioridad. Espanochi consideraba necesario engrandecer los baluartes de San Nicolás y la Reina para obtener mayor y más cómoda capacidad artillera y levantar otro baluarte por delante del cubo de la Magdalena. Aunque apreciaba la consistencia de la fábrica de las murallas, calificándola de “eterna” y “bonsissima”, llamó la atención el dominio que sobre la plaza tienen las colinas del frente oeste y el cómodo alojamiento cubierto de los fuegos de la plaza que ofrecían a los atacantes los vallecillos existentes entre ellas, permitiéndoles batir directamente el recinto magistral de la plaza sin tener que vencer otros obstáculos previos.



GRABADO DE FUENTERRABÍA, SIGLO XVII

miércoles, 8 de junio de 2016

Pero Ochoa y Domingo de Uriarte

 
Naturales de la anteiglesia vizcaína de Ispaster. En el siglo XVI, se dedicaron exclusivamente a hacer barcos para empresarios y comerciantes, básicamente, con fines mercantiles. Los hermanos Uriarte desarrollaron su actividad constructora en varios puertos del Cantábrico, por lo que respecta a Guipúzcoa, en Zumaya, Deva y Motrico. Es decir, en una de las franjas costeras vascas con mayor movimiento mercantil y pesquero; y en donde la industria naval era más pujante.

Pero Ochoa era el mayor de los dos hermanos y fue el que mayor movilidad laboral mostró. No tuvo un lugar fijo para el desarrollo de sus artes y compaginó las fábricas en los astilleros vizcaínos con los guipuzcoanos.

Domingo Uriarte efectuó un porcentaje muy elevado de sus barcos en los astilleros de Zumaya, unas veces en las gradas municipales y otras en las privativas de Oiquina, Escazabel y Gorostiola.

 
 
 
Fueron raras las ocasiones en las que los Uriarte fueron contratados para hacer entre ambos una embarcación. Esta circunstancia se dio tan sólo en dos ocasiones y ambas en 1576. En este año, uno de los de mayor actividad en los astilleros de Zumaya, los Uriarte labraron en este puerto una nao de 500 toneladas para Bartolomé de Garro, vecino de Zumaya; y otra de 300 para Antonio de Urquiola, de Guetaria.
 
Esta no fue la única ocasión en la que Pero Ochoa y Domingo Uriarte estuvieron ocupados en la labra de varios barcos simultáneamente. El maestre carpintero no siempre trabajaba con la azuela o hacha en mano, sino que supervisaba y dirigía equipos de maestranza que, bajo su responsabilidad, proseguían con las labores constructivas.
 

lunes, 6 de junio de 2016

Monumento a la Batalla de las Navas de Tolosa

El complejo escultórico a la batalla de las Navas de Tolosa está realizado por el arquitecto Manuel Millán López y el escultor Antonio González Orea y fue inaugurado 1881. Está situado en La Carolina, en la entrada norte de la localidad de Navas de Tolosa (Jaén). La obra conmemora la victoria de los reinos cristianos hispánicos sobre el ejército invasor de los almohades de Al-Nasir el 16 de julio de 1212.

En el conjunto aparece la figura en bronce de Martín Halaja, pastor que mostró el camino a las tropas cristianas para llegar a la zona del enfrentamiento sin ser descubiertos.

 


En segundo lugar y esculpidos en piedra aparecen los protagonistas cristianos, dispuestos sobre unos grandes muros, símbolos de los duros y angostos caminos que representa Sierra Morena: Diego II López, Rodrigo Jiménez de Rada, Pedro II, Alfonso VIII y Sancho VII.

Diego II López de Haro el Bueno, señor de Vizcaya, encabezó la vanguardia de ataque del Ejército de Castilla. Lleva en su cintura un pequeño escudo de armas de su linaje.

Rodrigo Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, fue el promotor intelectual de la cruzada, consiguiendo refuerzos de la Europa cristiana y las órdenes militares, y el apoyo del papa Inocencio III, además de ser el cronista oficial de la contienda.
Pedro II el Católico, rey de Aragón, aportó más de 3.000 hombres al contingente cristiano. Aparece junto a su escudo real aragonés, el de las cuatro barras.

Alfonso VIII el Batallador, rey de Castilla, fue el que más efectivos aportó y el principal estratega militar gracias a su experiencia adquirida en la batalla de Alarcos de 1.195 contra los almohades. Por eso aparece en el centro sosteniendo el escudo de su reino, el castillo.
Sancho VII el Fuerte, rey de Navarra, a sus pies aparece el escudo real navarro. Se trata de una cadena, la que protegía el bastión del miramamolín, que fue confiscado por caballeros de su ejército como trofeo de guerra e incorporado más tarde al escudo de Navarra.