martes, 30 de mayo de 2017

El espíritu emprendedor de los vascos, por Alfonso de Otazu




El espíritu emprendedor de los vascos
Alfonso de Otazu y José Ramón Díaz de Durana, Silex Ediciones, Madrid (2008), 715 páginas

Este libro pretende documentar las causas, el desarrollo y las consecuencias del largo viaje que realizaron algunos vascos desde el pequeño país donde habían nacido, hasta asentarse, con gran éxito, en las ciudades mediterráneas, atlánticas o americanas que polarizaron el tráfico comercial durante esos siglos.

¿Tuvo algo que ver en todo ello la forma en que, en el País Vasco, concluyeron los conflictos sociales que lo asolaron al final de la Edad Media? De acuerdo con el régimen foral muchos vasos debieron abandonar su propio país en busca de fortuna.

¿Cómo se ordenó esa emigración masiva que se dirigió hacia Castilla a partir del último tercio del siglo XV?; ¿por qué se allegaron con total falta de prejuicios a servir a los conversos que, a su vez, iban sustituyendo a los judíos castellanos en el aparato económico-administrativo del reino?

Imaginar, a comienzos del siglo XVI, una sociedad sin estamentos afrontados (hidalgos frente a pecheros) y, a la vez, construir la ficción de la hidalguía universal para favorecer la inserción de los vascos que emigraban en el estamento que estaba exento de cargas fiscales en la sociedad de acogida ¿no requiere de un firme y estudiado propósito?

¿Qué influencia tuvieron en todo ello las prácticas religiosas de estos emigrantes constituidos en comunidad propia en las sociedades de acogida? Los vascos se asociaron primero a los franciscanos (Flandes, Sevilla, Méjico y el Perú) para más tarde hacer lo propio con los agustinos (Cádiz y Potosí) y los jesuitas (Cádiz de nuevo y América).

¿Contribuyó esta circunstancia a favorecer su éxito en los negocios? Y por último ¿Constituyó la lengua vasca un elemento de seguridad y confianza en este proceso?

viernes, 26 de mayo de 2017

Gil López de Oñaz Loyola


El lazo jurídico que unía al linaje nobiliario de los Loyola con la corona de Castilla era el vasallaje. En su caso, era un vasallaje real, lo cual suponía realizar de forma más cumplida los deberes de súbdito, comparecer en la defensa de los intereses reales con mayor dedicación poniendo, incluso, la vida en peligro.

Una de las cualidades más altas del buen vasallo era sobresalir en grandes hazañas militares a favor del Reino de Castilla, como lo hizo Gil López de Oñaz Loyola en la batalla de Beotibar.


ESCUDO DE ARMAS DE LOS OÑAZ LOYOLA


Gil López de Oñaz Loyola fue Pariente Mayor guipuzcoano del siglo XIV, banderizo de los oñacinos e hijo del señor de la casa de Larrea, en la jurisdicción de Amasa, que heredó. Fue caudillo de los tolosarras y otros guipuzcoanos en la batalla de Beotibar del 19 de septiembre de 1321 contra navarros y gascones, al servicio de la Corona de Castilla. Puesto al frente de los oñacinos, atacó a los navarros en el valle de Beotibar, cercano a Tolosa, infligiéndoles una grave derrota. Además, participó en las negociaciones de treguas con Navarra en 1329.


CASA-TORRE DE LOS OÑAZ LOYOLA

lunes, 22 de mayo de 2017

La Reacción al Vascocantabrismo: el Montañacantabrismo

Ante la aparición de las manipuladas tesis vascocantabristas, varios eruditos elaboraron una antítesis como reacción, la tesis montañacatabrista. Esta sostenía que los territorios correspondientes a la Cantabria de las fuentes romanas se encontraban al oeste de los actuales Provincias vascas, es decir, la actual Comunidad Autónoma de Cantabria, tradicionalmente llamada La Montaña.

Ambas tesis estaban argumentadas en pasajes de la Biblia y en las crónicas de la Alta Edad Media, que mezclaban información histórica, citas bíblicas, mitos y leyendas. Sin embargo, los defensores de la tesis montañacantabrista prestaron mayor atención a las descripciones geográficas de los autores grecolatinos, que basaban sus escritos en la observación, siendo estas fuentes más científicas que las leyendas bíblicas o las imaginaciones toponímicas.

El primero en hacerlo fue el cronista del Reino de Aragón, Jerónimo Zurita, que desmontó la confusión en su libro Cantabria, Descripción de sus verdaderos límites, de 1578, basándose con rigor en las fuentes grecolatinas. A él se debe el impulso de una corriente historiográfica "montañés-cantabrista" que inició la defensa de la territorialidad de Cantabria.

Otra aportación fue la del francés Arnaut d´Oihernart, mediante su Notitia utrisque Vasconiae, tum Ibericae, tum Aquitanicae, publicado en París en 1638. Demostraba la ubicación de los cántabros en lo que entonces se conocía como las Montañas de Burgos.


MAPA HISTÓRICO DE CANTABRIA (CUATRO VILLAS), VIZCAYA Y GUIPÚZCOA


El avance de las ciencias históricas hizo que en el ilustrado siglo XVIII el mito vascocantabrista no gozase del prestigio anterior, aún así contó con férreos defensores. Uno de los más insistentes fue el jesuita guipuzcoano Manuel de Larramendi, que, en su Corografía de Guipúzcoa, sostuvo la herencia de los cántabros fue exclusividad de las tres provincias vascas. Mantuvo un debate epistolar con un pariente suyo que escribió en la carta que:
"Las tres provincias de Vizcaya, Guipúzcoa y Álava no estaban comprendidas en la antigua famosa Cantabria; y que ésta solamente comprendía las Montañas de Burgos, o las de Santander, y las de Asturias de Santillana."
Ante la posibilidad de que el establecimiento de esta doctrina causase disgusto entre los vascongados por perder tan altos antecesores, un dogmático Larramendi contestó en carta, fechada en octubre de 1732, con estas palabras:
"Se engañan los que piensan que esta opinión ha de dar alguna pesadumbre especial a los Bascongados de las tres provincias: antes se alegrarán de tener esta nueva ocasión de refrescar la persuasión común del mundo, de que todas fueron la porción principal de la antigua Cantabria."

Las tesis vascocantabristas recibirían el más duro golpe de la pluma de Enrique Flórez, una de las figuras más eminentes de la ciencia histórica de la Ilustración española, quien publicó en Madrid en 1768 La Cantabria. Disertación sobre el sitio y extensión que en tiempos de los romanos tuvo la región de los cántabros. Esta obra zanjaría para siempre la polémica, aunque fue atacada incluso por los fueristas decimonónicos.


LA CANTABRIA. DISERTACIÓN SOBRE EL SITIO Y EXTENSIÓN


Las Juntas Generales de Guernica reaccionaron con rapidez protestante ante la Corte de Carlos III porque la publicación de Flórez "vierte expresiones indecorosas y opuestas a las prerrogativas, exempciones y antigüedad de este ilustre solar". Pero ello, exigieron a los consejeros reales a que "examinen o hagan examinar el referido libro y que hallándose en él alguna cosa opuesta e indecorosa a este Señorío se represente a su majestad"

El fundador de la Sociedad Vascongada de Amigos del País, Javier María de Munive e Idiáquez, y el socio José Joaquín de Landazuri, recopilaron información para tratar de combatir el libro de Flórez, que tanto estaba dañando las bases del edificio mitológico sobre el que estaba construido el privilegiado régimen foral vascongado del que los aristocráticos socios de la Sociedad Vascongada eran eminentes beneficiarios.

Lo que ocurrió es que Landazuri llegó a conclusiones que no encajaban en la doctrina mitológica oficial:
"No ignoro en que es el sentir de muchos grandes autores el que Túbal pobló en estos payses vascongados pero tampoco se me oculta el que las pruebas que nos dan para tan hermoso suceso son ineficaces para persuadir tan arduo empeño."

La reacción del líder de los llamados "caballeritos de Azcoitia" fue la desautorización a Landazuri y la censura a los resultados de su investigación. Ante esto, Landazuri dejó de pertenecer a la Sociedad Vascongada para seguir investigado por su cuenta.

Otro de los defensores del Vascocantabrismo que reaccionó frente a la obra de Flórez fue José Hipólito Ozaeta y Gallaiztegui. En su publicación de 1779 La Cantabria vindicada y demostrada según la extensión que tuvo en diferentes tiempos. volvió a reivindicar la Cantabria prerromana para las tierras vascófonas. A su vez, Ozaeta y Flórez fueron duramente rebatidos por Manuel Risco en su libro, también del mismo año, El R. P. M. fray Henriquez Flórez, vindicado del Vindicador de la Cantabria, don Hipolyto de Ozaeta y Gallaiztegui.

En 1808, el manifiesto que emitieron los bilbaínos al alzarse en armas contra el Ejército francés, al estallar la Guerra de la Independencia, utilizó una vez más el nombre de cántabros como inmejorable garantía de españolía, heroísmo y fidelidad.

Incluso en ámbitos institucionales, el error se mantuvo durante todo el siglo XIX, como lo demuestra la ley del 29 de septiembre de 1847 de formalización de las regiones, finalmente inaplicada, que englobaba a las tres provincias vascongadas y Navarra, con capital en Pamplona, y cuyo nombre era Cantabria.

Pero serían los literatos del Fuerismo romántico quienes hicieron resurgir el mito vascocántabro. Eran nostálgicos de un Régimen foral desaparecido que pretendían reivindicar recobrado las glorias de sus antepasados cántabro-vascos. De la misma manera, los diputados liberal-fueristas que defendieron el mantenimiento de los regímenes forales entre 1838 y 1876 apelaron a la descendencia de los cántabros como justo título para conservar una independencia política jamás perdida. 




Fue en el siglo XX, cuando una sucesión de historiadores y antropólogos científicos, vascos y no vascos, se dedicaron a zanjar por siempre el debate fuerista en torno a la ascendencia cántabra de los vascos.

En 1895, apareció la Historia General del Señorío de Vizcaya, escrito por Estanislao de Labayru y Goicoechea, que zanjaba con este texto la cuestión:
"Decir Cantabria era en cierto sentido denominar la nación euskalduna, y llamar pueblo bascos era señalar la progenie cantábrica. De tal suerte se universalizó este concepto, que pasó por hecho incontestable y principio incontrovertible... Zurita, Ohienart, Flórez, Risco, Aureliano Fernández Guerra y otros han prestado un servicio eminente a la historia deslindando y poniendo en claro la multitud de opiniones que sobre el particular existía, alumbrando el horizonte y destruyendo el caos que cada día se agrandaba por la tenacidad en sustentar lo que no tenía razón de ser; como si para las verdaderas glorias del solar basco hubiera sido preciso que Augusto en persona combatiera a Euskaria y que por necesidad los bizcaínos fuesen los cántabros temidos y no domados por las armas romanas, hasta que en la época del referido emperador se vieron batidos y deshechos."

El historiador vasco Carmelo de Echegaray, en su prólogo a la reedición de 1901 de la obra del apologista del siglo XVI Andrés de Poza, expresó:
"... sería pedir demasiado a Poza si le exigiéramos que se adelantara a su tiempo, y se eximiese de la preocupación, arraigada entre sus paisanos hasta época muy próxima a nuestros días, de estimar como punto de honor e indudable deber de patriotismo, el defender la inclusión de la tierra vascongada en la Cantabria que peleó contra el poder de Roma."

El historiador y político bilbaíno Gregorio Balparda enterró definitivamente la errónea tesis vascocantabrista en una conferencia que pronunció en el Ateneo de San Sebastián el 8 de noviembre de 1919:
"Con sólo abrir cualquier libro vascongado anterior al siglo XIX veréis que la tradición de este país es, no la de que seamos vascos, sino la de que somos cántabros, y que, como cántabros, tuvimos abierto, cuando el mundo entero estaba pacificado, el templo de Jano, haciendo venir a luchar primero y a pactar después con nosotros a César Augusto, y que, como cántabros, aducíamos la prueba de una predestinación y casi de un presentimiento cristianos en aquel lábaro o lauburo, símbolo de un pueblo indómito que moría cantando en la cruz. Desde Lope García de Salazar... todos nuestros historiadores coinciden en lo mismo. En cuanto a vosotros, los guipuzcoanos, no tenéis que ir más allá de la portada de las primeras ediciones en el siglo XVI de vuestro gran historiador, porque en ella veréis la jactancia con que se titula su autor, Esteban de Garibay, vecino de Mondragón, de la nación cántabra... Desgraciadamente esta tradición, en cuya defensa tanto empeño pusieron nuestros antepasados, es hoy tan insostenible como eso de que seamos vascos; serenamente juzgado, hay que reconocer que la escuela santanderina, representada por numerosos escritores, desde el padre Francisco de la Sota hasta Aurelio Fernández Guerra, a la que Llorente se había inclinado, ha dejado la cuestión definitivamente resuelta en nuestra contra."

Parecidas palabras empleó el escritor y filósofo, también bilbaíno, Miguel de Unamuno:
"Causa fundamental de largas consecuencias erróneas y de embrolladas opiniones ha sido el haberse confundido durante mucho tiempo a los vascos con los cántabros... El empeño en hacernos cántabros viene de que quieren muchos como un honor aplicarnos cuantos rasgos de inaudita barbarie cuentan los romanos de los cántabros, y todo cuando se cuenta de la guerra cantábrica, exornándolos los escritores vascongados con mil detalles que dicen son legendarios, como lo referente al monte Hernio, que confunden lastimosamente con el antiguo monte Vinio. Pero consta por testimonio de A. Floro que Augusto se dirigió contra cántabros y astures, que incomodaban con frecuentes incursiones a los vacceos, cargonios y autrigones, es decir, que aquí nada entran los euscaldunes si no es como protegidos de Roma."

El gran historiador cántabro Menéndez Pelayo en sus Obras Completas, publicadas en Madrid en 1956, escribió sobre este tema:
"El amor patrio y el amor regional es para nosotros cosa tan digna de respeto que la miramos con indulgencia, aun en sus mayores exageraciones. Para nosotros, especialmente cuando no se trata de un libro de historia, es cosa de todo punto indiferente que los vascongados se crean, o no, hijos y descendientes legítimos de los antiguos iberos; que se atribuyan o no parte en la guerra cantábrica, donde la tuvieron ciertamente, aunque fue en el concepto de auxiliares y amigos de los romanos."

El eminente antropólogo vasco Julio Caro Baroja cerró por completo las tesis vascocantabristas en su libro Ser o no ser vasco, publicado en 1984, de la siguiente manera:
"El tubalismo, cosa más que problemática, se unió al vascocantabrismo, cosa más falsa al parecer. Pero hasta el siglo XIX hubo quienes creyeron que el cántabro fiero, invencible, había sudo el vasco."


Y SE LIMPIE AQUELLA TIERRA, DE MIKEL AZURMENDI
MITOLOGÍA E IDEOLOGÍA SOBRE LA LENGUA VASCA, DE ANTONIO TOVAR


El célebre lingüista Antonio Tovar publicó en Madrid en 1980 su obra Mitología e ideología sobre la lengua vasca, con la intención de erradicar los errores de estos escritores del siglo XVIII:
"Estas ideas las vamos a ver reaparecer muchas veces. Se basan en la identificación de cántabros con vascos, y se atribuía la posibilidad de salvar su lengua a los últimos defensores de la libertad indígena contra los romanos. Se imaginaba, con poco conocimiento de la historia, que los cántabros no fueron nunca domeñados, y los eruditos vascos van a mantener esta patriótica idea... Mucho tiempo habría de pasar hasta que los historiadores, ya en la siglo XVIII, corrigieran esta identificación de cántabros y vascos."

El historiador contemporáneo Mikel Azurmendi resumió este episodio en su obra Y se limpie aquella tierra. Limpieza étnica y de sangre en el País Vasco (siglos XVI-XVIII):
"Queda así más que dudoso que se tratase de buscar la verdad a través de la más abierta discusión, percibiéndose más bien que se trataba de apagar cualquier discusión razonada con tal de granjearse la estima de los paisanos reafirmando bajo apariencias de argumentación sesuda la misma perspectiva identitaria de siempre. Y porque Landazuri no se doblegaba a ello, se convirtió en un estorbo al que se arrincona y, sin airear su razonamiento, se apuñala científicamente. Se puede afirmar, en consecuencia, que los caballeritos no se interrogaron seriamente sobre el fundamento de la hipótesis de Flórez, sino que sólo la combatieron estando prácticamente unánimes en supeditar su interés historiográfico al interés identitario."

Finalmente, la reivindicación vascocantabrista fue, en cualquier caso, un esfuerzo vano, pues si con ella lo que buscaron algunos vascos fue presumir de ancestros heroicos, pudo tener cierta lógica; pero si el objetivo era reclamar privilegios mediante la demostración de una continuidad en la inconquistabilidad e independencia nunca perdida, ni con los cántabros valía la pena el esfuerzo, pues al fin y al cabo acabaron igualmente conquistados, sometidos a Roma y en buena medida exterminados.

Así pues, deberían recordar los reivindicadores de identidades ancestrales que los vascos han presumido durante siglos de ser los descendientes de los cántabros. De los vascones se olvidaron por no tener un currículum tan apetecible. Sólo muy recientemente se empezó a apelar al parentesco vascón: poco más de un siglo.

A pesar de todo ello, el mito ha traspasado los siglos e incluso hoy continúan resonando sus ecos. Aunque su falsedad se evidente, no conviene olvidar ni desdeñar el peso de ciertos mitos en la política actual. El 31 de julio de 1995, el PNV celebró su centenario con una declaración firmada por todos los delegados presentes. El embriagador aroma de la inconquistabilidad impregnaba su punto 4º:
"La libertad y la justicia son bases de nuestra convivencia. Jamás aceptaremos tiranía ni servidumbre, como jamás las aceptaron nuestros mayores."

jueves, 18 de mayo de 2017

Levas guipuzcoanas para el Reino de Castilla


Los servicios militares que los tercios de la provincia de Guipúzcoa han realizado en favor del Reino de Castilla para la Reconquista. Disposición cronológica.

1212. Acudieron en la batalla de las Navas de Tolosa, como también en la recuperación de Úbeda, Alcoraz, y de otras poblaciones de Andalucía ocupadas por los moros.



BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA


1330. Sirvieron a Alfonso XI contra los moros en la conquista de Teba, tierras de las Cuevas y Ortexica, y en la recuperación de las villas de Priego y Cañete.

1334. Efectuaron una incursión militar en Navarra en guerra con Castilla; saquearon la comarca de Pamplona, y tomaron a fuerza de armas el castillo de Unza, siendo su mayoral Lope García de Lazcano.

1340. Participaron en la batalla del Salado al mando de Amador de Lazcano, su coronel.

1343. Concurrieron en gran número al cerco de Algeciras con su caudillo Beltrán Vélez de Guevara.

1374. Asistieron a la expedición de Francia y sitio de Bayona con el rey Enrique II, que vino en persona, siendo su caudillo al parecer Beltrán de Guevara.

1378. Efectuaron un despliegue militar en Navarra co
n gran número de efectivos al mando del infante Juan, obteniendo varios sucesos victoriosos al mando de Ruiz Díaz de Rojas, merino mayor de la provincia.

CONQUISTA DE ANTEQUERA


1410. Concurrieron a la conquista de Antequeraocupada por los moros, y acaudillados por Fernán Pérez de Ayala.

1429. H
icieron otra entrada en Navarra, donde a fuerza de armas conquistaron las villas de Leiza y Areso, cuya posesión encomendó al Consejo de Tolosa.

1445. Participaron en considerable número de efectivos en la batalla de Olmedo a favor del rey de Castilla y 
contra del de Navarra.

1475. 
Sirvieron con más de 2.000 naturales de esta provincia a los Reyes Católicos en los cercos de Toro, Zamora, Burgos, etc., así que en otras facciones militares ocurridas entonces. Fue en el contexto de la Guerra Civil castellana entre los partidarios de Isabel I y los de Juana la Beltraneja, entre los que estaban Portugal y Francia. 

1485. A
cudieron a la Guerra de Granada contra los moros del Reino de Granada, diferentes refuerzos de ballesteros y escopeteros de esta provincia.

viernes, 12 de mayo de 2017

Lorenzo Ugalde de Orella

Capitán de mar y tierra en el combate naval de Cavite de 1646 y gobernador de la isla Filipina de Joló.




Nacido en San Sebastián a finales del siglo XVI, Lorenzo Ugalde de Orella, fue también llamado Lorenzo de Ugalde y Orella. Se enroló en los Tercios de Infantería de la Monarquía hispánica siendo joven y consiguió el grado de capitán en las contiendas de la Guerra de los Treinta Años.

En los años del primer tercio del siglo XVII, fue enviado a las islas Filipinas, para proteger el comercio del Galeón de Manila, amenazado por la piratería.

En 1637, el gobernador de Filipinas, Sebastián Hurtado de Corcuera, organizaba una expedición de castigo contra el sultán de la isla de Mindanao y sus piratas. El objetivo era transportar tropas hasta la isla y allí reducir a este cacique local, con la intención de evitar levantamientos populares de filipinos contra las autoridades españolas. El capitán Ugalde fue uno de los principales líderes de la expedición.

En septiembre de 1641, una flota holandesa atacó el puerto de Manila y huyó en retirada al ser contraatacada por barcos españoles. En el mes de agosto del año siguiente, regresaron con una flota de 5 navíos de guerra y 4 de transporte, que tomaron posiciones en la costa, pero un inesperado ataque del pirata chino Kogsen hizo ponerles en retirada.

Esta flota holandesa se recuperó en Maluco, donde establecieron un pacto con el sultán de Joló para efectuar un ataque conjunto contra el puerto de Manila en 1644. Para entonces, se habían reforzado los baluartes y sus defensores se habían armado y preparado para este asalto, con el apoyo de los filipinos nativos. De nuevo y en dos ocasiones, en pocos meses la flota holandesa compuesta de 7 navíos fracasó en su intento de tomar la plaza.

El 1 de febrero de 1646, una escuadra holandesa de 18 buques era avistada en Ilocos y Panagisan. El gobernador de Manila, Diego Fajardo, asignó el mando de los dos galeones Nuestra Señora de la Encarnación y Nuestra Señora del Rosario al capitán donostiarra Lorenzo Ugalde junto al almirante andaluz Sebastián López. En el galeón de Ugalde, embarcaron dos compañías de infantería. Daba comienzo el combate de Cavite de 1646.

El 3 de febrero, Lorenzo Ugalde zarpó de Cavite. Después de dos semanas combatió e hizo huir a 4 barcos holandeses frente a la isla de Mariveles (Corregidor), a la entrada de la bahía de Manila. A finales de julio, Ugalde destruía otro barco en un enfrentamiento entre las islas de Banton y Marinduque y a otro en la costa de Mindoro, donde logró dañar seriamente a su capitana. Ya en agosto, la flota holandesa se retiraba y los galeones regresaban. Pero ante una nueva amenaza, partieron acompañados del recién construido San Diego, derrotandolos en dos nuevas batallas el 16 septiembre y el 4 octubre.

Por esta heroica defensa, Lorenzo Ugalde fue ascendido a sargento mayor de Infantería, y recibió el título de gobernador de la isla de Joló, a la cual se desplazó con un grupo de infantes de armas.





En 1647, tuvo que enfrentarse a un ejército de 2.000 joloanos, liderados por el príncipe Salicala, y apoyados por dos buques holandeses. Lorenzo Ugalde se situó a la vanguardia de la defensa del fuerte con medio centenar de hombres armados. Tras tres días de resistencia, cayó muerto el almirante holandés, que propició la retirada de sus fuerzas navales, y más tarde de los joloanos al no disponer de armas de pólvora ni artillería.

Murió ahogado en aguas de la isla de Samal de Boronjan, en 1650, a consecuencia de un temporal que hizo naufragar el galeón San Francisco Javier que comandaba.

lunes, 8 de mayo de 2017

El hombre primitivo de los contrailustrados de Durango


Entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, un grupo de intelectuales vascongados pretendió renovar los tradicionales alegatos que defendieron en los siglos pasados apologistas como Garibay, Poza, Zaldivia, Isasti y Larramendi. Fue una serie de eruditos en clara confrontación ideológica con los ilustrados del Siglo de las Luces, a los que se les conoce como contrailustrados.

Este grupo se reunía en Durango, en torno a su líder el sacerdote Pablo Pedro de Astarloa, y formaban parte del núcleo principal de pensamiento el párroco de Marquina, Juan Antonio de Moguel Urquiza, y dos miembros de la pequeña nobleza rural, el vizcaíno Juan Antonio de Iza Zamácola y el guipuzcoano Juan Bautista de Erro Aspíroz.


CALLE DE DURANGO, POR DARÍO DE REGOYOS Y VALDÉS


Pablo Pedro de Astarloa escribió una extensa apología del vascuence, inspirado en las teorías del calvinista francés Antoine Court de Gébelin. Para este, la lengua primitiva de la humanidad tuvo que poseer una perfección lógica absoluta, que habría permitido a sus hablantes desarrollar una civilización antediluviana muy superior a todas las que vinieron después, y sostenía que dicha lengua era el celta primitivo, que se perpetuó en la de los galos. A través de las raíces célticas del francés era teóricamente posible reconstruir una imagen de la civilización que pereció bajo las aguas del diluvio, y lo expresó así en su principal obra Le monde primitif, con la que pretendió desacreditar las obras ilustradas de Diderot, D´Alembert, Holbach, etc.

Astarloa tomó de Court de Gébelin el método de análisis de las perfecciones lingüísticas para aplicarlo al vascuence, demostrando que la lengua primitiva no había sido el celta, si no el eusquera. El planteamiento de Astarloa defería bastante de los de Poza y Larramendi, porque según el contrailustrado, el vascuence no sería ya solo una lengua matriz entre los demás idiomas babélicos, sino la lengua originaria de la humanidad desde tiempos de Adán y Eva, pero no por haber sido infundida por Dios al hombre, sino por tratarse de un producto instintivo y natural de éste. Además, la superioridad del eusquera sobre el hebreo no se debería a la posesión de una revelación divina acerca de la trinidad, inscrita en su vocabulario, sino a su mayor perfección gramatical.

La tesis de Astarloa consistía en la prueba de que la naturaleza del hombre le facultaba para hablar, eso demostraba que no fue Dios el que le dio la capacidad de hablar, sino que fue el hombre el que, ejerciendo la facultad vocal que Dios le dio, creó el habla de forma natural. En su extenso Discurso filosófico sobre la lengua primitiva, Astarloa quiso demostrar que dicha lengua primitiva no podía ser otra que el vascuence, como lo demostraban sus características fonéticas, semánticas y gramaticales. Según este autor, tan natural sería para el caballo relinchar y para el toro bramar como el ser humano hablar vascuence.


PABLO PEDRO DE ASTARLOA


Lo que parecía ser una polémica sobre la lengua vasca encubría no solo una controversia en torno a la legitimidad de los fueros, sino un ataque a la cultura de la Ilustración. Este pensamiento conllevó discusiones con de intelectuales como el arabista José Antonio Conde y, más significativo, el marino y erudito liberal José Vargas Ponce, amigo de Jovellanos y los caballeritos de Azcoitia, que mantuvo una correspondencia amistosa con Juan Antonio de Moguel.

Para Vargas Ponce estaba muy claro cuál era el sentido y la finalidad de la exaltación del vascuence por el grupo de Durango. Juan Antonio de Moguel Urquiza no editó en vida ningún libro, salvo un manuscrito que su sobrino Juan José Moguel entregó al convento de franciscanos de Zarauz. Algunas copias circularon manuscritas antes de que en 1881 un periódico integrista vizcaíno lo publicase por entregas. Su largo título era El doctor Peru Abarca, catedrático de lengua vascongada en la Universidad de Basarte. Diálogo entre un rústico solitario vascongado y un barbero callejero llamado Maisu Juan.

En el prólogo de este Peru Abarca, escrito en castellano, Moguel ya declaraba que "estos diálogos no se dirigen a la instrucción de la juventud vascongada, sino a la de los que son tenidos por muy letrados". Se trataba de un diálogo pedagógico, siguiendo el modelo de Juan Luis Vives, que pretendía demostrar a los miembros de la Sociedad Bascongada Amigos del País que los aldeanos sabían muchas cosas que ellos ignoran y, sobre todo, que hablan un vascuence más rico y elegante. Para ello, enfrenta dialécticamente a dos personajes: el campesino Peru Abarca y el barbero Maisu Juan; un campesino rural frente a un ciudadano de villa. En el diálogo, el hombre de municipio manifestaba ignorar las actividades de los labradores e incluso de las industrias rurales, como las ferrerías, hablando un vascuence muy pobre y degradado. Al obre de campo y montaña le correspondía instruirle, tanto en la lengua vascongada como en economía empírica.

Mediante estos personajes, Moguel puso en contraste el mundo de los verdaderos sabios, los campesinos vascongados, y el de los falsos sabios, los ilustrados de salón, los notables que utilizaban el vascuence como lengua auxiliar, para entenderse con sus criados y labradores, pero que no lo aprecian y fomentan.

Moguel definía una antropología contrailustrada, en la línea llevada por Astarloa: Peru Abarca es un verdadero sabio porque es "catedrático de Lengua Bascongada en la universidad de Basarte", es decir, en la universidad de la naturaleza. Su conocimiento de esta era mucho más profundo y amplio que el de Maisu Juan ( e ilustrados en general) porque poseía una lengua perfecta, la lengua primitiva de la humanidad, que transmite a sus hablantes la ciencia de los orígenes, muy superior a la filosofía y ciencia experimental del Siglos de las Luces.


PERU ABARCA, POR JUAN ANTONIO MOGUEL


Otra obra importante escrita en contra del pensamiento de la Ilustración fue la de Juan Bautista de Erro. Natural de Andoain, fue militar e ingeniero de minas formado en el Seminario de Vergara y autor de El mundo primitivo o examen filosófico de la antigüedad y cultura de la nación vascongada, que apareció en 1815. Este Mundo Primitivo estaba basado en Le Monde Primitif de Court de Gébelin, partiendo del eusquera para la reconstrucción de la supuesta civilización primitiva de la humanidad. Su prólogo contenía un ataque frontal contra la idea de soberanía nacional. Erro sostenía que todos los monarcas legítimos eran herederos de un primer padre universal al que Dios invistió con una autoridad absoluta sobre su prole, autoridad que comprendía la potestad para dar muerte, a su entero arbitrio, a cualquiera de sus hijos.

Erro era discípulo de Astarloa, y también escribió que el vascuence era la madre de todas las demás lenguas al haber sido hablada por la Humanidad desde Adán y Eva.

Durante la primera Guerra Carlista, fue nombrado ministro universal del pretendiente Carlos, y en este cargo lo conoció el escritor y viajero británico Richard Ford, y otro de menos renombre pero gran importancia para la historia de Vasconia, el escritor sulentino Joseph Augustin Chaho, sobre el que ejerció una profunda influencia.

Realmente, los contrailustrados de Durango nunca tuvieron un peso específico y relevante en la configuración de una ideología contrarrevolucionaria que, sin duda, existió y movilizó a una buena parte de la sociedad vascongada de la época, primero contra los franceses de la invasión napoleónica, luego contra los constitucionalistas del 1812 y más tarde contra los liberales isabelinos.

Las especulaciones sobre la perfección formal de las lenguas no debieron interesar ni los pocos campesinos alfabetizados en castellano ni a los ilustrados vascos. Quienes sí prestaron atención fueron algunos ilustrados alóctonos, como Conde o Vargas Ponce, escandalizados porque a finales del Siglos de las Luces y la Razón hubiese autores que siguieran defendiendo las fantasías de los apologistas mitológicos del siglo XVI.

Pero el pensamiento de Astarloa y de Moguel tuvo una importante influencia en la radicalización del Fuerismo y en la aparición del nacionalismo vasco, a través de la recuperación de las obras de ambos escritores en la década de 1880. Así pues, los Discursos filosóficos de Astarloa marcaron profundamente al joven Sabino Arana, y el Peru Abarca no dejó indiferente a Miguel de Unamuno. Además habría que incluir el Amaya de Navarro Villoslada. Esta trilogía de obras sobre mitología vascófila formaron las bases ideológicas de los fueristas y carlistas vascongados del siglo XIX.


EL HOMBRE PRIMITIVO: EL VASCÓN Y EL PROTOVASCO


La ideología del grupo contrailustrado de Durango constaba de una antropología y de una teoría de la lengua vasca. La teoría de la antropología de la etnia vascona seguía las pautas marcadas por el tradicionalismo europeo. Frente a la figura del ciudadano moderno surgida de la Revolución francesa, los tradicionalistas defendían el paradigma del hombre primitivo, que no se debe confundir con el buen salvaje de Rousseau. De hecho el buen salvaje y el hombre primitivo son antagónicos.

La teoría del buen salvaje de Rousseau defiende que el hombre fue inocente e inofensivo en su creación. Lo que pasó es que los reyes o jefes de determinados pueblos cometieron horribles crímenes y pecados cuyas culpas se transmitieron a sus súbditos y descendientes, reforzando así los efectos de la caída de Adán y profundizando la tendencia al mal que esta indujo en la naturaleza humana. El salvaje no representaba una modelo de bondad y tolerancia, estando totalmente pervertido. Sólo el esfuerzo de algunos individuos excepcionales ha conseguido que algunos pueblos se hayan civilizado.

Por el contrario, la hipótesis del hombre primitivo mantenida por los tradicionalistas situaba a la especie humana en el paraíso terrenal. Por revelación divina, el primitivo había accedido a gran parte de su sabiduría, desde la cual supo construir una civilización antediluviana mucho más acorde con la ley natural que la más avanzada de las civilizaciones modernas y mucho más desarrollada en conocimientos científicos. Pero esa primitiva civilización desapareció bajo las aguas del diluvio universal y solo los restos arqueológicos permiten adquirir algo de su grandeza.

Erro y Astarloa reconocían los monumentos de las civilizaciones precolombinas de América como testimonios de la perfección primitiva, pero la única vía para conocer su sabiduría estaba en la lengua que estas hablaron antes de la colonización hispánica, y no en los restos materiales de sus edificios.

La defensa de esta última tesis, por parte de los contrailustrados vascongados, suponía que también el estudio del vascuence representaba una surte de enciclopedia de la humanidad primitiva, de cuyo análisis podría extraerse una imagen completa de la civilización antediluviana. Por tanto, los campesinos euskaldunes poseían los conocimientos fundamentales de la naturaleza, sabiduría que creían estar descubriendo de forma tardía y errónea los ilustrados mediante su método científico experimental.

Frente al buen salvaje de Rousseau y al ciudadano soberano de los revolucionarios franceses, el campesino descrito en Peru Abarca por Moguel, aparecía como una supervivencia de modelo perfecto e insuperable de humanidad: el hombre primitivo, el primigenio. Sin embargo, los verdaderos campesinos vascos del siglo XVIII tenían otras necesidades y creencias que nada tenían que ver con aquellas atribuidas por estos neo-apologistas de Durango.


CIUDAD BÍBLICA ANTEDILUVIANA

miércoles, 3 de mayo de 2017

Diego I López de Haro


Tercer señor de Vizcaya, participante en la reconquista de Zaragoza en 1118, mantuvo su fidelidad tanto a Alfonso VII de León como a Alfonso I de Aragón.


DIEGO I LÓPEZ DE HARO


Diego I López de Haro fue el tercer señor de Vizcaya entre 1093 y 1124 y el primer señor con el apellido Haro, apodado "el Blanco". Fue hijo mayor del conde Lope Íñiguez y de la condesa Ticlo Díaz.

Sirvió a los reyes de Castilla, Alfonso VI y Alfonso VII, y se halló en La Rioja, al lado de García Ordoñez, guerreando contra el Cid, que entonces era enemigo del rey castellano. Era señor de Vizcaya y de Álava, además de tenente de Nájera y Haro.

A la muerte de Alfonso VI en 1109, Diego I López siguió fiel a su hija, la reina Urraca, quien le mantuvo la tenencia de los castillos de Haro y Burandón. La reina de León y de Castilla casó con el rey de Aragón, Alfonso I el Batallador.

Diego I López tomó parte de las contiendas de reconquista que mantuvieron tanto Urraca como Alfonso, aportando milicias vizcaínas, incluso cuando el matrimonio terminó en una lucha entre ambas coronas.

Desde este primer Diego I López de Haro hasta casi doscientos años después se fueron sucediendo señores de Vizcaya del linaje de los Haro, entroncados con los Núñez de Lara y con múltiples enlaces con la familia real de Castilla hasta el rey Juan I (1370-1390), a cuya corona se unió definitivamente Vizcaya.

Durante este tiempo, los señores vizcaínos fueron participado de forma activa en la empresa común de Reconquista que tenía como objeto recuperar aquella España perdida del pasado visigótico. Como vasallos del rey de Castilla que eran, estuvieron enrolados en el ejército castellano. En agradecimiento por su participación militar, los reyes otorgaban cargos, honores y estados en sus reinos y los señores de Vizcaya les rendían homenaje como vasallos suyos por los territorios que recibían.

En 1110, fue recompensado con importantes privilegios por la reina Urraca para asegurar su fidelidad en vísperas de la batalla de Candespina. Por contra, Alfonso I retiró la tenencia de Nájera de su poseedor Diego I López, y se la encomendó al noble aragonés Fortún Garcés hasta 1134.

En 1118, Diego I López tomó parte de las fuerzas cristianas formadas por aragoneses y navarros y encabezadas por Alfonso I en la toma de Zaragoza. Tal era la buena relación que mantenía con el rey aragonés que fue testigo de la fundación de Alesón como villa aforada en 1123.

Pero al año siguiente, Diego I López y Ladrón Íñiguez comienzan una revuelta contra Alfonso I. Este contraatacó afianzando su autoridad en Logroño y su alianza con Fortún Garcés en Nájera, tomando Haro en poder de Diego, dominando el Condado de Treviño, y arrebatando las villas de Salinas de Añana, Término y Valdegovía a Ladrón Íñiguez. El rey aragonés impuso su dominio en su frontera occidental de Álava, Vizcaya, norte de Burgos y La Rioja.

Cuando Diego I López murió en el transcurso de esta contienda, en 1124, el Señorío de Vizcaya estaba en poder de Alfonso el Batallador.

Estuvo casado con Munia Sánchez de Navarra, hija del conde navarro Sancho Sánchez de Erro, a su vez nieto del rey navarro García III Sánchez el de Nájera. Fue padre de Lope, Sancho, Fortún Díaz y Gil Díaz. Lope I Díaz de Haro sucedió a su padre como señor de Vizcaya.


ALFONSO I Y DIEGO I LÓPEZ EN LA TOMA DE ZARAGOZA