martes, 29 de agosto de 2017

Monumentos a la Expedición México-Filipinas

El monumento conmemorativo del IV centenario de la Expedición marítima México-Filipinas (1564-1964) está situado en la Barra de Navidad, en la costa mexicana del Pacifico. Es una gran lámina de mármol que por un lado muestra el rostro en bronce del cosmógrafo Andrés de Urdaneta y por el otro el del adelantado Miguel López de Legazpi.






En la ciudad de Urdaneta, sito en la región filipina de Pangasinan, se encuentra el edificio New Urdaneta City Hall. Justo en frente se levanta el monumento conmemorativo de Andrés de Urdaneta.





La escultura a Legazpi en Cebú se encuentra junto al primer asentamiento permanente de los españoles dentro de las islas Filipinas, en el lado izquierdo de la muralla del fuerte de San Pedro, en la Plaza de Independencia de dicha ciudad. Como consecuencia del terremoto de 2013, la muralla sufrió desperfectos que han sido reparados. En Asia es muy común utilizar barras de bambú como andamios.

En el centro de la misma plaza se levantó también un obelisco, el arco de Legazpi, dedicado a su memoria, que data del año 1855.






El memorial al Galeón Manila-Acapulco se encuentra en la plaza de México, en el barrio de Intramuros de Manila. Está compuesto de un monolito de piedra dedicado al Galeón de Plata o buque de trasporte de la Carrera de las Indias Orientales, y una placa a Andrés de Urdaneta, el descubridor de la ruta marítima.




La plaza de Legazpi está ubicada en el distrito de Arganzuela de la ciudad de Madrid. En ella se encuentra la estación de metro homónima y debe su nombre al adelantado de las islas Filipinas. Dentro de la glorieta de Legazpi está la estatua de Pegaso (caballo alado), que formaba parte del grupo escultórico La Gloria y los Pegasos de Agustín Querol en el Ministerio de Agricultura español, y desde 1998 es ubicado en la rotonda dedicada al adelantado de las islas Filipinas.



viernes, 25 de agosto de 2017

Final de la Reconquista

En el siglo XIV, la participación de los vascos en la Reconquista fue mayor gracias al incremento de la extensión territorial de Castilla y del fortalecimiento de los vínculos con dicho reino. Este interés culminó en el siglo XV debido al desarrollo andaluz, fruto de la expansión atlántica castellana y de la incorporación del Reino de Granada. Andalucía se convirtió, para los vascos, en la base de las expediciones ultramarinas y un lugar estratégico en el control de las rutas comerciales, tanto oceánicas como las que unían el Atlántico con el Mediterráneo. Por eso, para llegar hasta este punto fue necesaria la reconquista total de la península y, por tanto, la liquidación del Reino de Granada, empresa en la que los marineros vascos pusieron todo su empeño y lealtad al Reino de Castilla.

La incorporación de los vascos a estas tareas fue fruto de contrataciones en sus lugares de origen o de convenios in situ. Los marineros vascos que participaron en estas expediciones y asedios no eran militares profesionales, ya que alternaban las profesiones de transporte, comercio y pesca con las propiamente bélicas. Estos marineros y sus barcos podían incorporarse a las flotas reales o servir de forma autónoma mediante el corso. La integración en tales actividades se hacía a través de relaciones de consanguinidad y vecindad, que constituían una especie de compañías en torno a sus jefes naturales.



PRINCIPALES ACCIONES MILITARES DE CASTILLA EN EL SIGLO XV


El siglo XV supuso el punto álgido en esta progresión debido a la aceleración del desarrollo andaluz, y en este marco las operaciones militares se multiplicaron.

En 1407, se organizó una flota compuesta de 39 navíos, en los que alternaban las embarcaciones cantábricas y andaluzas. Su objetivo era efectuar el bloqueo el estrecho de Gibraltar e impedir las relaciones entre el Reino de Granada y África. La Armada del Cantábrico reunía un total de 24 unidades del total, con mayoría de procedencia del Señorío. Las naos de Vizcaya estaban al mando de Robín de Braquemont, antiguo embajador francés, y de Fernán López de Estúñiga, mientras que las galeras fueron capitaneadas por Juan Rodríguez Sarmiento. El resultado final fue favorable a los castellanos.

Tres años después se reeditó la flota del Estrecho, constituida por 15 galeras, 5 leños, 6 naos y 20 balleneres. Según la crónica de Juan II, la participación vizcaína fue de tres galeras y un número indeterminado de balleneres, al mando de Ruy Gutiérrez de Escalante. La composición debió de ser similar a la de su antecesora, con predominio de veleros norteños y embarcaciones mixtas del sur, y su intervención fue realizada tanto en Sevilla como en Cádiz, limitándose a diversos apresamientos.

Simultáneamente, se efectuó el sitio de Antequera, donde se hallaban gentes vascongadas a las órdenes del infante Fernando. Durante la lucha sorprendió la muerte a uno de los más señeros linajes vizcaínos como fue Martín Ruíz de Avendaño, capitán de las naves de Castilla. Según Labayru, este caballero vascongado:
"... murió gloriosamente atravesado de un «pasador con yerba» y fue llevado a enterrar a la iglesia de Yurre (Arratia), donde los Avendaño de Bizkaia tenían su solar."
En 1412, las naves de Vizcaya, Cuatro Villas y Galicia formaron la expedición contra Ceuta.

La vigilancia del estrecho desde 1482, partió de la operación que se organizó para el asalto final al Reino de Granada. Se trataba de una armada mixta de galeras y veleros, en el cual se encontraban numerosos navíos vascos, como demuestran el nombre de sus capitanes.

La contribución de la provincia de Guipúzcoa fue de tres embarcaciones, que mantenía a su costa. La participación vizcaína debió de ser superior, aunque sólo existe constancia fehaciente de marinos de Tavira de Durango.

La participación vasca en dicha empresa se mantuvo activa en 1486, 1487 y 1488, años en que Díaz Mena y Garci López de Arriarán seguían siendo capitanes de los veleros castellanos. Y en 1490, la guarda del Estrecho contó con López de Arriarán y Juan de Lazcano como almirantes.



LIBERACIÓN DE LOS CAUTIVOS DE MÁLAGA POR LOS REYES CATÓLICOS,
POR JOSÉ MORENO CARBONERO


La Guerra contra Granada puso punto y final a la Reconquista y consiguió la unidad territorial de España. En ella participaron gran número de alaveses bajo el mando de su diputado general Diego Martínez de Álava.

A partir de 1483, la flota cantábrica pasó al Mediterráneo para cortar la comunicación del Reino Granada con sus aliados africanos.

En 1487, se ejecutó la toma de Málaga por tierra y mar. Las escuadras castellana y aragonesa estuvieron dirigidas por los almirantes Fadrique Enríquez y Galcerán de Requesens, secundados por los capitanes Antonio Bernal, Melchor Maldonado, Álvaro de Mendoza, Martín Ruiz de Mena y Garci López de Arriarán.

martes, 22 de agosto de 2017

Ignacio Embil

Capitán de galeón de la Escuadra de la Guarda de la Carrera de Indias a finales del siglo XVII




Ignacio Embil pertenecía a la antigua casa solar de Auspaguindegui, ubicada en la guipuzcoana villa de Cestoa, donde nació a mediados del siglo XVII. Desde muy joven se dedicó a los oficios de la mar por vocación.

Su primera gran acción de combate integrado en la Real Armada española tuvo lugar el 22 de agosto de 1688 mediante la adquisición de patente de capitán de mar y guerra, concedida por el secretario real Gabriel Fernández de Quirós. En cuantas empresas se le encomendaron, sirvió siempre con la eficacia que en él se había confiado.

En 1692, estaba al mando del galeón San Ignacio, uno de los tres buques de guerra que componían la flotilla de Diego de la Vega Laso, marqués del Vado del Maestre. Esta viajaría en conserva de la flota de Tierra Firme, compuesta de los galeones Santa Cruz, Nuestra Señora de la Concepción, El Ángel y Los Animas.

Zarparon con mar calmo desde el puerto de Cartagena de Indias. Cuando en el paraje de La Vívora sufrieron las inclemencias de un fuerte huracán. Los demás barcos se retiraron como pudieron, pero Embil no se apartó de los buques que llevaban en conserva y pudo salvar a 770 hombres y 6 mujeres y extraer una gran parte del tesoro que los buques naufragados llevaban. Tras realizar un lamentable viaje a Cádiz con aquel exceso de carga y el barco averiado, el rey Carlos II le premió con un buque de más porte en los navíos de flota de la Nueva España y un hábito de las órdenes militares para uno de sus hijos Manuel y Pedro Ignacio, que también se hallaban empleados en la milicia.

miércoles, 9 de agosto de 2017

La Renovación de la Identidad vasca en el siglo XIX

Tras la instauración del Régimen liberal por la reina Isabel II en 1834, la argumentación del Fuerismo vasco pretendía demostrar que el anterior régimen foral dentro del Estado liberal en nada se oponía a la unidad constitucional y que era un eficaz sistema de administración. Pero para dotarlo de mayor poder de convicción, los fueristas no tardaron en añadir otros argumentos. Por ejemplo, los diputados generales de las tres provincias, en una conferencia foral de noviembre de 1841, afirmaban:
"Los fueros son el modo de existir del país, son su vida social, sus hábitos, sus costumbres, su educación, sus afecciones predilectas, su impulso y movimiento preponderante, son la animación y el alma de estas montañas..."

Pedro de Egaña en una intervención en el Senado en junio de 1864 afirmó:
"Los fueros están encarnados en la sangre, en los hábitos, en las costumbres y hasta en la organización moral de todos aquellos naturales; organización sin la cual no pueden vivir."
En definitiva, el discurso de la defensa foral se convirtió en un discurso identitario, ya que presentaron los Fueros como un elemento intrínseco del pueblo vasco y expresión de su singularidad, de manera que si suprimían los Fueros se destruiría el pueblo, porque formaban parte esencial de su propia naturaleza.


VIDRIERA ALEGÓRICA DE LOS FUEROS DE VIZCAYA


Conjuntamente a la elaboración del argumento que convertía al Fuero en el "modo de ser" de los vascos, se actualizaron las clásicas tesis y tradicionales códigos que definieron la vasquidad desde comienzos del siglo XVI. Esos elementos definidores fueron:

1. la Foralidad: patrimonio inalienable transmitido a través de generaciones, depósito sagrado, garantía de bienestar y referente moral fuertemente interiorizado por el conjunto de la sociedad.

2. el Catolicismo: fe católica antiquísima y profunda, explicada a través del mito del primitivo Cristianismo vasco, que ocupaba todos los aspectos de la vida pública y que ejercía funciones de protección sobre los Fueros.

3. la Historia mitológica: historiografía legendaria formulada en torno a las tesis de la Modernidad pero actualizadas al momento. Estas fueron:
a. el vasco-iberismo: los vascones fueron los genuinos y últimos descendientes de los antiguos iberos.
b. el vasco-cantabrismo: los vascones fueron los cántabros que resistieron a la dominación romana.
c. la sucular independencia: el mito sobre la conservación intacta de las tradiciones originales y la pureza étnica.
d. la integración pactada con Castilla: la unión de las Provincias a la Monarquía fue una entrega voluntaria y condicional, un contrato bilateral, obligatorio a ambas partes.

4. la Cultura propia: la lengua eusquera es el último vestigio de la primitiva lengua de los iberos.

5. el Triple Patriotismo: el español, el vasco y las provinciales.

El discurso identitario de los fueristas del siglo XIX fue un discurso sobre la singularidad del pueblo vasco, una singular españolidad diferenciada del resto de la Monarquía, por diversos aspectos:
1. por su régimen foral, adaptado a las peculiares circunstancias naturales del país, garantizaba a la población un bienestar desconocido en otros territorios.
2. por su historia propia, independiente y soberana antes de la incorporación pactada a la Corona de Castilla y diferenciada del resto de la Monarquía.
3. por su fiel lealtad y esforzado servicio a la Corona, que hacía de los vascos los mejores súbditos entre todos los españoles, y por el pacto de agregación que obligaba a ésta a gobernar respetando los Fueros.
4. por su tejido social, idílico pueblo de montañeses, moderados en sus costumbres, trabajadores, amantes de sus instituciones y obedientes a sus autoridades, un pueblo de orden.
5. por su singular lengua, el vascuence.


A LA SALIDA DE MISA EN UNA ALDEA VASCA, POR JOSÉ ARRUE


Un pueblo tan singular que hasta fue considerado elegido por Dios. Así, el diputado a Cortes por Álava, Ramón Ortiz de Zárate, llegó a decir en 1858:
"El país vascongado es el único en el mundo que permanece siempre incólume entre el cúmulo de ruinas que cubren el universo. Bendito sea el Señor, una y mil veces bendito, por haber elegido pueblo tan reducido y pobre para ejemplo tan grandioso."

Pueblo, según el discurso fuerista, formado por los habitantes de los tres territorios vascongados, que constituían una unidad inmemorial. De nuevo Ortiz de Zárate escribió:
"Esta unión (vascongada) y esta concordia perdurables no tiene origen conocido, se pierde en los más remotos días de la historia y durará hasta la consumación de los siglos... La unión vascongada es hija de Dios."

Para ello, tuvieron que reescribir el pasado plural y escasamente vertebrado de tres territorios que habían funcionado políticamente durante siglos de forma independiente entre sí y construir un devenir histórico común y singular. Esta tarea fue emprendida por historiadores vascos que trabajaban como archiveros, juristas, periodistas, clérigos, etc; apoyados por historiadores españoles, franceses y de otras nacionalidades.

Las autoridades forales de los años 30 y 40 del siglo XIX comenzaron a utilizar un discurso político, haciendo énfasis en la idea de unidad mediante el uso recurrente de expresiones como país vascongadopaís vascopueblo vasco, e incluso nacionalidad vasca.

A la vez, actuaron como agentes transmisores que socializaron aquel código identitario:
1. a través de publicidad en su discurso ofrecido en la vida política estatal y provincial, por medio de noticias de prensa o de la publicación de folletos que se repartían en Madrid y en las Vascongadas.
2. a través de políticas de protección de patrimonio histórico-artístico, culturales, y editoriales.
3. a través de políticas conmemorativas, por ejemplo el aniversario del Convenio de Vergara, en 1840, escenificado en cada celebración de la idea del Irurac bat (las tres unidas).


SANTUARIO DE LOYOLA


A dar forma y contenido a este código de identidad vasca también contribuyeron otras fuerzas políticas como fueron los carlistas y los clérigos. El Movimiento carlista reforzó el componente religioso de la doctrina, entre sus defensores estaban muchos eclesiásticos. El más destacado carlista fue Vicente Manterola, canónigo magistral de la catedral de Vitoria entre 1866 y 1873, y diputado carlista a Cortes por Guipúzcoa en 1869.

La Iglesia difundió con sus sermones la idea de la profunda catolicidad de los vascos, pero también el valor del Fuero, o incluso de la lengua eusquera, y proporcionó santos y devociones religiosas de contenido vasquista. Aunque tan solo se tratasen de estrategias al servicio de la prédica católica, llevaban componentes intrínsecos para la definición identitaria. El santo más importantes fue san Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y santo de singular devoción en Vizcaya y Guipúzcoa, elegido en 1868 compatrono de la diócesis de Vitoria junto a san Prudencio. Fue considerado como el euskaldunem aita, es decir, "el padre de los euskaldunes", como afirmaba un poema dedica a su persona en El Semanario Católico Vasco-Navarro publicado el 31 de julio de 1868 y además, según el carlistas Arístides de Artiñano, era "el único santo que habla vascuence".

También los medios culturales (literatos, editoriales y artísticos) ayudaron a la definición de la identidad vascongada decimonónica, que divulgaron un discurso similar al de las élites políticas, aunque con matices diferentes, como la mayor importancia a la lengua eusquera, y lo hicieron con el objetivo expreso de desvelar las señas de identidad cultural de los vascos.

viernes, 4 de agosto de 2017

Vascos y navarros en la Historia de España, por Jaime Ignacio del Burgo




Vascos y navarros en la Historia de España
Jaime Ignacio del Burgo, Laocoonte (Pamplona, 2007), 374 páginas

Vascos y navarros en la historia de España es un magnífico ejemplo de cómo al nacionalismo se le combate no ya desde la verdad, sino desde el rigor intelectual. No hace falta más para mostrar la realidad que obsesiona al nacionalismo vasco, y como el pasado está repleto de documentos que lo prueban, nada mejor que dejar a los historiadores profundizar en ello.

El resultado es este libro es heterogéneo pero con una solidez académica de fondo que demuestra que la historia de vascos y navarros sólo puede entenderse en relación con la del resto de españoles. Así lo afirma José María Aznar en el prólogo:
"Vascos y navarros están en la historia de España, y son ellos mismos historia de España."

Este libro, editado por Laocoonte y coordinado por Jaime Ignacio del Burgoreúne a un brillante grupo de historiadores.

José Andrés-Gallego proporciona la desmitificación necesaria del pueblo vascón, de sus comportamientos y actitudes; muestra la existencia de sentimientos de pertenencia diversos a lo largo de la historia, compartidos, superpuestos, variables. En su texto, el profesor Andrés-Gallego reivindica ante todo la complejidad tanto de los hechos como de la interpretación de los mismos. Complejidad que el nacionalismo reduce a unas pocas proclamas ideológicas que niegan cualquier legitimidad distinta de la que hacen suya.

Francisco Javier Navarro y Ángel Martín-Duque recorren la historia antigua de vascos y navarros para llegar a la conclusión de que no eran distintos, para lo bueno y para lo malo, de sus vecinos, y para resaltar que los vínculos mitológicos entre ambos pertenecen a la historia-ficción.

Alfredo Floristán, Juan B. Amores, Agustín González Enciso, Joaquín Salcedo y Rafael Torres Sánchez analizan la presencia de unos y otros en la Corte madrileña de las dinastía de los Austrias y de los Borbón, así como de su acceso a las estructura de poder del Nuevo Mundo. Una presencia habitual gracias al interés de todos su intervinientes, y repetida en otras regiones de España.

Miguel Alonso Baquer hace referencia de la aportación histórica de los militares vascos y navarros, repleta de figuras de primera magnitud que lucharon bajo la bandera española por la defensa de la nación y por sostener una misión histórica.

Javier Fortún Pérez de Ciriza aborda la relación de la iglesia navarra con la española a lo largo de casi dos milenios.

José Manuel Azcona y Carlos Mata se ocupan de la literatura navarra. Azcona repasa las lecturas navarras de Sabino Arana y muestra que, como en el caso de la filosofía, no hay tontería que no haya afirmado algún navarro en uno y otro momento; ni aberración histórica, cultural o racial que Sabino Arana dejara fuera de sus escritos. Eso sí, existió y existe una literatura que aportó algo más que los mitos y obsesiones que interesaron al fundador del PNV.

Jaime Ignacio del Burgo, brillante historiador, aporta el texto de mayor calado político, a propósito del Carlismo, y desmota dos mitos:

El primer mito se basa en la falsa creencia de que el Carlismo fue el antecesor del Nacionalismo vasco. Según Del Burgo, es un fenómeno ligado a la sucesión dinástica y, a través de ella, al destino de la nación española. Lo cierto es que los carlistas vascos y navarros lucharon, como otros, por España, o por una determinada idea de España y cualquier otra interpretación al margen de la realidad española parece fuera de lugar.
"La sangre de miles de voluntarios carlistas fue derramada por la causa de una España fiel a sus principios católicos, y fiel a la dinastía representante de dichos principios, la encabezada por Carlos V, y continuada por sus legítimos herederos."
"Los voluntarios carlistas acudieron a la llamada de su rey para sostener sus derechos al trono frente a la usurpación del mismo y defender los principios de legitimidad." (página 315)
En 2008, en tiempos de tormenta constitucional, el historiador recuerda la clave sobre la que se asienta el Amejoramiento del Fuero navarro de 1982: la Ley Paccionada de 1841.
"Se negoció por una diputación representativa de Navarra, aunque hubiera sido elegida al margen de las viejas instituciones. Era fruto de la nueva legitimidad surgida de la legalidad revolucionaria." (página 313)
Su origen se remite a dos realidades opuestas en los extremos pero que, como suele ocurrir en la historia, se mezclan, dando lugar a corrientes y acontecimientos históricos que perduran: la nostalgia del reino perdido y el incipiente Liberalismo.
"La Diputación de Navarra, en manos de los liberales triunfantes en la guerra civil, concurrió a Madrid y negoció la perdida de la condición de reino a cambio de una amplísima autonomía fundamentalmente administrativa." (página 317)
La Ley Paccionada de 1841 une la tradición navarra con las ideas constitucionales. Sin ella no puede entenderse el encaje constitucional y liberal del Fuero de 1982, tal y como explica Del Burgo.

Los vascos herederos de San Ignacio de Loyola, y los navarros herederos de San Francisco Javier, sólo supieron luchar por España, sólo supieron morir por la libertad tradicional española encarnada en sus fueros, y sólo supieron soñar con un futuro, el de la salvación cristiana.

El segundo mito combate es la falsedad de que el Carlismo fue un antecedente del terrorismo etarra. Nada tiene que ver la industria del crimen terrorista con los levantamientos temporalmente limitados, y sometidos a la autoridad católica, de los carlistas vascos o navarros.

En definitiva, esta obra aporta una buena cantidad de conocimiento de historia de España y sirve de antídoto eficaz contra el Nacionalismo vasco, integrista en Euskadi y anexionista en Navarra. 


ÍNDICE:

Prólogo de José María Aznar

Presentación de Jaime Ignacio del Burgo

I. Vascos y navarros en la Historia de España: algunas claves interpretativas; por José Andrés-Gallego

II. Las Raíces de la Antigüedad; por Francisco Javier Navarro

III. En torno a la identidad socio-cultural de los navarros en la Edad Media; por Ángel Martín Duque

IV. Navarra y la Iglesia español; por Luis Javier Fortún Pérez de Ciriza

V. Vascos y navarros en la Monarquía española del siglo XVI; por Alfredo Floristán

VI. Vascos y navarros en América; por Juan B. Amores Carredano

VII. El protagonismo económico de los navarros en la España del Siglo XVIII; por Agustín Gonzaléz Enciso

VIII. Representación política y presencia navarra en Madrid. La Navarra institucional en la Corte; por Joaquín Salcedo Izu

IX. Emigrantes y financieros navarros en la Corte madrileña; por Rafael Torres Sánchez

X. Presencia vasca en la milicia española; por Miguel Alonso Baquer

XI. Presencia navarra en la milicia española; por Miguel Alonso Baquer

XII. Vascos y navarros en la lucha por la legitimidad española: las Guerras Carlistas; por Jaime Ignacio del Burgo

XIII. Los pensadores navarros del siglo XIX y Sabino Arana; por José Manuel Azcona

XIV. La aportación de Navarra a la literatura española; por Carlos Mata