PROTAGONISMO EN LA CORTE DE LOS AUSTRIAS


Los alaveses, guipuzcoanos y vizcaínos, fueron participantes de pleno derecho, e incluso protagonistas por privilegio, del desarrollo y evolución de la Historia de la España de los Austrias,  o siendo más precisos, del periodo histórico que media entre el matrimonio de Isabel y Fernando en 1469 y la Guerra de Sucesión de 1705.

Las elites vascas y navarras se integran en las estructuras políticas y económicas de la Monarquía hispánica durante la Edad Moderna. Los patriciados locales y provinciales se vincularon a la Monarquía por una relación constante de intercambios: favores políticos, cargos, honores, pensiones, etc. les eran concedidos por mantener una lealtad y servicio que debía asegurar la gobernabilidad del país.

La privilegiada situación de la que disfrutaron los vascos en la España de los Habsburgo, provocada por la generalización de la condición de hidalgo por el hecho de proceder de tierras vascongadas, hizo que el acceso a determinados niveles sociales, profesionales y militares fuera más fácil para los súbditos de dicho origen. De ahí procedió el enorme número de militares y gobernantes de alto rango que dieron buena parte de los asuntos de España durante los siglos de su mayor expansión y poderío internacionales.

Para las élites vascas, los nuevos escenarios económicos y políticos de la Monarquía hispánica ofrecen la posibilidad de enriquecimiento y de ascenso social. Estas oportunidades estuvieron relacionadas, con la construcción del Estado burocrático, financiero y militar, con la economía de guerra de la Corona y con la posesión de un imperio colonial.

El servicio al rey, las carreras en la corte y en la alta Administración, las dignidades eclesiásticas y los cargos en el Ejército y la Armada, así como los negocios industriales y financieros con la Corona y el comercio colonial, constituyeron fuentes de riqueza y de elevación de primera magnitud. Esta participación fue un motor principal de la renovación de las elites vascas durante la Edad Moderna.

Muchos de ellos pertenecieron a órdenes militares como la de Alcántara, de Calatrava o de Santiago, y alcanzaron muchos de estos nobles altos puestos en el escalafón político nacional y en ultramar. Lucharon al servicio del rey en los Tercios de Flandes y de Nápoles, otros fueron Maestres de Campo, Alféreces de navío, Abogados de los Reales Consejos, Guardias de Corps, Gobernadores Reales, Capitanes Generales, etc.

Numerosos vecinos, conocidos por indianos, emigraron a América en busca de gloria o aventura. Realizaron donaciones a su ciudad natal en forma de becas de estudio o en ayudas para doncellas pobres. También fueron cuantiosos los donativos a las parroquias, muchos en obras de orfebrería.

Carlos I dividió los asuntos siguiendo el modelo iniciado por los Reyes Católicos, constituyendo Ministerios o Consejos Reales. La presencia de "vizcaínos" en la corte de los Austrias mayores, Carlos I y Felipe II, es notable. Ocupan cargos como contadores, consejeros y secretarios reales: Idíaquez, Zuazola, Garibay, Aróstegui, Amézqueta, Echeberri, Ipeñarrieta, Araiz, López de Recalde, Zárate, Gaztelu, Martínez de Ondarza, etc.

Entre los burócratas, secretarios, ministros y otros gobernantes de los siglos XVI a XVIII los vascos se encontraron por cientos. El dramaturgo Juan Ruiz de Alarcón en El examen de maridos reflejó lo difícil que era llegar a una secretaría en la Corte sin ser vizcaíno:
"Y a fe que es del tiempo vario
efecto bien peregrino,
que no siendo vizcaíno
llegase a ser secretario."

Miguel de Cervantes recogió este privilegio de los vizcaínos (etnónimo que englobaba tanto a vizcaínos como a guipuzcoanos). Sancho Panza, al comenzar sus labores como gobernador de la ínsula Barataria, pregunta:
"-¿Quién es aquí mi secretario?
-Yo, señor, porque sé leer y escribir, y soy vizcaíno.
-Con esa añadidura, bien podéis ser secretario del mismo Emperador."


El principal motor del ascenso de grupos familiares en la burocracia real fue el establecimiento de una red de vínculos de parentesco y que, gracias a sus relaciones cortesanas, situaban a otros familiares como militares, marinos y eclesiásticos, extendiéndose las redes familiares a diversos ámbitos de gobierno, así como a negocios públicos y privados relacionados con ellos.

Entre los linajes burocráticos integrados mediante lazos parentales destacaron la saga de los Araiz, formada por al menos seis miembros, entre padres, hijos y parientes, que se sucedieron durante el siglo XVI como contadores reales; las familias de Juan de Amézqueta y sus hijos Antonio y Pedro Amézqueta; Martín Arano de Valencegui y su hijo Martín de Valencegui; Juan Pérez de Ercilla y su nieto Miguel de Ercilla; o los miembros de otras familias guipuzcoanas como los Echeberri, Bamboa, Berástegui, Arriola, Aliri, etc.

Pedro de Zuazola, natural de Viana, fue tesorero real y secretario del Consejo de Guerra del Emperador Carlos I. Fue señor de Florega, y Caballero de Santiago y de la Espuela Dorada. Tuvo dos hijos: Francisco de Zuazola, fue miembro del Consejo de Estado y oidor de la Audiencia de Valladolid, Juan de Zuazola, fue obispo de Astorga y Lorenzode Zuazola, general de la Armada.

Hortuño de Aguirre, nacido en Vitoria, fue el fundador del mayorazgo de Aguirre. A sus expensas se hizo el Convento de Santa Cruz en Vitoria y la Capilla de su linaje en la parroquia de San Vicente. Servidor en la Corte de los Reyes Católicos fue testamentario de Isabel la Católica y oidor del Consejo Supremo de Carlos I.

Andrés Martínez de Ondarza y Uzarraga, nacido en Vergara, fue funcionario de la Corona española durante más de medio siglo. En 1449, fue caballero y comendador de la orden de Santiago, secretario de los reyes Católicos, contador y veedor de Felipe I, y tesorero personal de Carlos I. Fundo el monasterio de Franciscanas de la Santísima Trinidad y se encargó de la construcción del de Vidaurreta, en Oñate. Casó con Magdalena de Araoz, quien fundó el mayorazgo y palacio de Ondarza-Araoz, en Bergara.


Claro que, no todos tuvieron un camino fácil hasta llegar al poder, y mucho menos fue conservar el cargo, logrando enemigos en la corte. Tal caso fue el de Francisco de Eraso, pertenecía a la nobleza vasco-navarra, y estuvo en la Corte desde 1523 con Carlos I como su Secretario Personal, continuando en el cargo con Felipe II hasta su muerte en 1570. Fue uno de los burócratas que más poder acumuló durante los últimos años del reinado del emperador y los primeros de su hijo. En consecuencia, también se granjeó una multitud de adversarios en estos mismos ámbitos burocráticos y entre las facciones cortesanas adversas. Todos ellos no desaprovecharon ninguna circunstancia que se les brindara para minar su poder.

La familia con mayor éxito y ascenso en la carrera burocrática real fue la saga de los Idiáquez, alcanzando posiciones de gobierno por encima de las secretarías y contadurías. Alonso de Idiáquez y Yurramendi, nacido en Tolosa, en 1487, fue secretario personal de Carlos I entre 1520 y 1549 y consejero de Estado comendador de Estremera, caballero de las órdenes de Calatrava, de Santiago y de Alcántara. Alonso de Idiáquez se ocupaba de los asuntos del rey en Nápoles, y luego de otros muchos más. Participó en la conquista de Túnez en 1535, y también en sus negociaciones con Francia.

Desde estos cargos de suma confianza real situó a sus hijos en la Corte. Su hijo Juan de Idiáquez y Olazábal fue secretario de Estado con Felipe II y Felipe III, presidente del Consejo de Órdenes, embajador en Génova y Venecia, comendador mayor de León, caballero de Santiago, y secretario de las Juntas Generales y de la Diputación de Guipúzcoa.

A su vez, Juan de Idiáquez promocionó a otros parientes. En 1578 repartió la secretaría de asuntos exteriores, que estaba a su cargo, entre su sobrino Martín de Idiáquez e Isasi, que sería secretario de Estado en 1587, y su primo Francisco de Idiáquez y Arceaga, que sería secretario del Consejo de Italia. Su sobrino Antonio de Idiáquez y Manrique fue obispo de Segovia en 1612.

Por último, su hijo Alonso de Idiáquez y Butrón de Múxica, nacido en San Sebastián, en 1565, destacó en los Tercios de Flandes e Italia, virrey de Navarra y capitán general de Guipúzcoa, maestro de campo general de Milán, consejero de Guerra, comendador mayor de León, consiguió varios títulos nobiliarios y secretario de las Juntas Generales y de la Diputación de Guipúzcoa. La tradición al servicio del rey continuó hasta Emanuel Idiáquez, cuarto descendiente de la familia, que fue capitán general de Galicia y de Zaragoza, y a los títulos heredados de su padre agregó el de marqués de San Damián.

Juan de Idiáquez fue protector y benefactor de un amplio círculo de familias notables de origen vascongado: Juan de Insausti, secretario de Felipe II; Domingo de Echeberri, secretario de Felipe III y Felipe IV; Juan de Amezqueta, secretario de Cámara y Estado de Castilla, y del Consejo de Felipe III.

Martín de Gaztelu, natural de Gaztelu de Tolosa, fue escribano, mayordomo Mayor, testamentario y secretario de Estado por Carlos I, conservando algunas de sus funciones en el reinado de Felipe II, que le nombraría además secretario de las órdenes de Calatrava y Alcántara.

Íñigo Vélez de Guevara y Tassis, natural de Salinas de Buradón, en 1566, fue consejero real y presidente del Consejo Real, conde de Oñate y de Villamediana. Fue primer gentilhombre de la Corte del rey Felipe III y estuvo a su servicio en las guerras de Flandes, donde fue hecho prisionero. Sirvió al rey en numerosas misiones diplomáticas, en la corte de Emmanuel de Saboya, en Hungría y, finalmente, en la corte del emperador Matías en Viena como embajador de la Corona española.

En la corte española Vélez gozaba de una altísima consideración que hizo que se pensara en él como posible sucesor del duque de Lerma como valido de Felipe IV, pero tras la deposición de Olivares, se nombró en su lugar a Luis de Haro.

Juan Bautista de Arzamendi, nacido en Mendarozketa, en 1635, ocupó el puesto de fiscal del tribunal inquisitorial de Granada en 1670, inquisidor en 1672 y juez de bienes del mismo en 1677; en 1682 el inquisidor general Diego Sarmiento Valladares le nombró encargado de hacienda del tribunal de Corte y en 1686 consejero del Tribunal de la Suprema. En 1699 el inquisidor general Baltasar de Mendoza y Sandoval, destituyó a Arzamendi hasta 1704, cuando el rey Felipe V le nombró inquisidor general.

Domingo Echeberri fue secretario de Felipe III, en 1615, y luego lo fue de Felipe IV.


Por último, otros influyentes consejeros, tesoreros, secretarios y albaceas de los reyes fueron, por ejemplo, Juan López de Lazárraga, Juan de Isunza, Juan de Villela, Francisco Irarrazábal, Blas Ostolaza, etc.